viernes, 28 de julio de 2017

EL HIJO DEL SACRISTAN


“Y es que cuando uno sacude el cajón de los recuerdos, son los recuerdos los que terminan sacudiéndolo a uno” .- Andrés Castuera  Miche.
Desafiando la gravedad, un muchacho cuelga de la soga de la vieja y cuarteada campana, que a su vez cuelga de un pescante que sale de la torre a medio derruir. El muchacho completa un péndulo que se ha formado entre el badajo, la soga y él, que se mueve de un lado para otro en su afán de hacer tañer la campana y divertirse. Es el hijo del sacristán que todas las noches puntualmente llega al pórtico de la iglesia para cumplir lo que debiera cumplir su padre, el sacristán, tocar la campana a tiempo para el rezo de la Virgen Patrona del pueblo. El muchacho debe esperar todas las noches a que todos los feligreses devotos y viejas beatas desocupen la iglesia para entornar las pesadas y casi desvencijadas puertas de la iglesia, y asegurarlas para garantizar que las alhajas de la Virgen Patrona estén a buen recaudo.
Mientras espera que la beatería concluya su oficio de orar con la finalidad de derrotar el afán demoníaco en la vida de las personas, el joven hijo del sacristán acomete una serie de lances junto a sus amigos en su avidez de distraerse. Así, corretea descalzo sobre el verde manto que cubre la inmensa plaza frente a la iglesia intentando alcanzar a los quiméricos rufianes que con sus amigos ha ideado, para hacer él, el papel de policía. En alguna ocasión se ha defecado en el calzado de alguno de sus compañeros mientras arriba una luna llena alumbra a los chicos que distraídos corretean persiguiendo a los trúhanes que han ideado. La victima de sus apuros excrementicios solo se dará cuenta del agravio cuando se calce el zapato con un relleno de mierda.
Un día, subido en el andamio, que los obreros han instalado para reparar el atrio de la iglesia, a diez metros que lo distancia del suelo hace el amago de lanzarse generando zozobra entre los concurrentes que se han reunido para ver la función de gala de un número acrobático nunca visto en Chacas. Encaramado entre las tablas del andamio anuncia que saltará a la cuenta de tres. Y la cuenta progresiva inicia: a la una, a la dos y laaas treees y la tabla se rompe. El mozalbete cae por entre los palos, junto a las tablas y los residuos de yeso al ríspido piso de concreto.  La concurrencia al improvisado acto acrobático, atolondrada no atina que decisión tomar frente al hecho del muchacho inconsciente tirado en el piso, de cuya nariz fluye un fino hilo de sangre.   Luego de una breve, pero eterna deliberación los espectadores conducen al acróbata siniestrado a la flamante posta medica recientemente inaugurada. Luego de algunos días el hijo del sacristán saldrá ileso de hueso y polvo para celebrar su frustrada osadía de saltar al vacío.
Otro día, desde los balaustres del malecón, escondido en la oscuridad lanza terrones a “Churchill” el mastín aristocrático de la rancia beata chupacirio que sale junto sus hermanas y al jamelgo envuelta en un tul negro luego de dirigir el rezo en honor a la virgen patrona. Mientras el pobre perro chilla de dolor la hermana de la anciana religiosa pregunta: “Pitata sajmaricayamusha” (1) y la beata replica: “Churchiltacha peru” (2), generando la hilaridad del hijo del sacristán y sus camaradas. Esa misma noche mientras el hijo del sacristán luego de cerrar las pesadas jambas de las puertas de la iglesia se dirige a su casa junto a sus amigos, les lleva la delantera un mozuelo menor que camina hacía su casa abstraído en sus inquietudes de niño. Al hijo del sacristán a quien está a punto de reventarle la vejiga   no se le ocurre mejor idea que regar su orina sobre las piernas del mozuelo que adelantas sus pasos. Cuando el menor siente el contacto de aquella corriente caliente en sus piernas exclama: “Pita alambriwan tzepiapaycaman? (3), sin caer en la cuenta que alguien le hace pis en las piernas desde la oscuridad de la calle.
(1)    ¿A quién apedrean?
(2)    A Churchill pues.
(3)    ¿Quién me da látigos con un alambre?

jueves, 26 de enero de 2017

GUILLERMO, MI PADRE



"Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre”.
Por Manuel Roca Falcón.

Ver a mi padre sacar un pañuelo marrón arrugado del bolsillo posterior del  pantalón e iniciar   la primera pieza de cualquier baile es pensar en la proeza que yo, un individuo tímido salvo con unas copas encima, no me atrevería a acometer.  Mi padre, quien se auto infligió, el mote de “Waktza Garaku”, producto del reclamo a la autoridad materna de mi abuela quien precisaba de su diligencia para atrapar, llevar y ensillar los caballos en las frías madrugadas para el uso de la familia , es un bailarín por antonomasia como diría él, después de unas copas de más. Claro, no concebía, que siendo de una familia relativamente acomodada  hiciera los mandados que en ese entonces lo podía hacer otro a cambio de una paga; y entonces frente a las constantes órdenes imperativas de mi abuela expresó: “¿Entonces yo seré  Waktza Garaku para ser el mandadero de la casa?.
Probablemente a esa época se remonta el nacimiento de su afición por la doma y el jineteo de caballos que sin duda se afianzó en la temporada que hizo de domador en la hacienda de Paramonga. Aun cuando mi valoración es de hecho subjetiva por mi condición de hijo, mi padre es uno de los domadores de caballos de Chacas y de estos lares, el más temerario, de los que tenga memoria y conocimiento. Un día por ejemplo, mi primo Venshi le trajo un caballo para que lo domara; caballo que tenía la fama de haber matado arrojando por los aires en caminos estrechos, al despeñadero, a los dos domadores que intentaron amansarlo.  Ese caballo, un día, en su intento de despedir a su jinete; mi padre, se encabritó y partió desbocado por entre las chacras del barrio de San Martin y saltó por sobre las pencas varios metros de pendiente resultando en el campo de Huaychopampa, pero el jinete siguió ahí prendido de su lomo.
Mi padre, fue y es lo que se diría un mil oficios. Desde que tengo memoria fue el amansador de caballos. Fue el herrero al que recurrían los caballeros como cuando ahora recurren los conductores a una llantería por la avería de una llanta. Mi padre fue el capador del pueblo, aunque el más memorable será de hecho don Factor “cuchi capador”.
Mi abuelo Próspero fue un hombre inquieto, así que un día dijo que se haga la luz eléctrica en Chacas, montó una hidroeléctrica (casa fuerza lo llamábamos) y dio el servicio de luz eléctrica a los pocos vecinos que, en ese entonces,  éramos en Chacas. Así que mi padre, en esas circunstancias aprendió también el oficio de electricista. Cuando la  hidroeléctrica del abuelo fue desmontada en un desvarío febril  de mi tío Estenio;  mi padre siguió siendo electricista al servicio de sus eventuales parroquianos. Ya lo veía entonces con la escalera a cuestas en plena fiesta patronal cambiando los fusibles quemados del trasformador por la sobrecarga eléctrica, efecto del sobreconsumo de los visitantes.
Hasta ahora se dedica a la chacra, y no he visto un hombre tan leal al campo, que aun cuando puede cosechar menos de lo que siembra siempre está pegado a la tierra, a Chucpín, lugar de profusas recordaciones, del que sube con la persuasión de que sus 81 años le dan la experiencia necesaria para superar la cuesta que siempre ha remontado.

Este es un intento de homenaje, a mi padre, padre del que no hubiera pretendido que fuera diferente, tal vez solo que sus borracheras sean menos festivas.   Un padre, aunque yo lo pretendía evitar, que postergaba el desayuno para atender la descompostura de una silla de algún vecino o pariente que se lo requería o para atender cualquier otra exigencia.  Aunque yo reniegue siempre, ahí en el patio de la casa vieja está sentado escuchando los lejanos huaynos quien sabe para estrenar pañuelos de arrugas añejas.

Articulo publicado en El Pregonero del año 2015.

jueves, 19 de enero de 2017

CADA VEZ QUE TE SUEÑO.


El tío Federico Vidal, habitual rocamborero y la tía Meche, su esposa, apadrinado un matrimonio. Pasaremos en la casa de los padrinos  

Chacas plazacho tincurillapte Puentipiedraman gaticaycaman, Puentipiedracho tzincacuycullá Chacasplazacho canan ricayco… 

El alcalde reparte los naipes de tres en tres, y en su plato tiene monedas de nueve décimos para cobrar y pagar a los jugadores que son sus más entrañables amigos. Ubicados en la mesa circular cuyo lugar ha sido previamente sorteado por el viejo de mostachos oblongos que hace de alcalde esperan impacientes los naipes. De rato en rato el viejo repartidor adereza la tarde con alguna broma referida a su hermano que en su bodega está atento a las carcajadas que provienen de la tienda de la esquina.
Desde la puerta un joven desgarbado con el rostro picado fisgonea con curiosidad obsesiva el juego de los viejos quienes diariamente se reúnen para jugar ese extraño juego con unas cartas que le han contado que son de uso de las brujas. Recostado en la puerta verde apolillada gana centímetro a centímetro territorio en la tienda para tener una mejor ubicación y optimizar su observación. A ratos se empina para esquivar la cabeza del viejo alcalde que por momentos le impide ver el juego. 
El juego sigue su curso interminablemente mientras de la mesa emanan volutas de humo como desvaneciéndose de los   puros de tabaco que los jugadores aprietan entre sus labios. Conforme el juego fluye, el alcalde; a quien a veces también llaman zángano, reparte monedas entre los ganadores y cobra a los perdedores con fruición perversa. 
A lo lejos se puede observar desde la tienda el apuro de una mujer que con mucho esfuerzo arrastra un pesado balde cuyo contenido se puede adivinar por el fétido olor que disemina. En un descanso de su esforzado afán levanta la cabeza   y divisa allende en el postigo de una puerta verde, recostado al joven desgarbado. Inmediatamente reconoce al hijo que ha desaparecido después del almuerzo. No puede reprimir su furia al advertir el ocio del hijo mientras ella se afana por acarrear el alimento en el balde para los cerdos que cría y que pronto los venderá en la fiesta en trocitos de asado.
Entonces alista el aparato fonador y a todo pulmón grita: “Jaaacintooo imata tzaycho huancaranqui, yanapamajllasi shamuy” (1). En ese preciso momento aquella madre acuñó para su hijo el mote de “Huanca Jacinto” que lo acompañará el resto de sus días.
Entre los contertulios de Don Enrique con quienes comparte aquel viejo juego que los españoles llamaban tresillo, frecuenta don Benigno. Hombre imperturbable, a veces guasón cuando anda de humor. Este juego que practican sabe Dios desde cuando los viejos notables de Chacas, que ellos denominan Rocambor se ha convertido en un verdadero vicio y una ocasión para chancear. A menudo los viejos hasta se olvidan de cenar empecinados en recuperar la pérdida monetaria que muchas veces significa. Las mujeres sospechan que es un juego del demonio y no descuidan una oración en favor del esposo extraviado.
Un día Paula, la criada de don Benigno enviada por la esposa de este para recordar al viejo hidalgo la hora de la cena, observa desde la puerta entre azorada y tímida la partida de rocambor que acaban de iniciar los viejos amigos. Mientras observa duda entre contar o no su secreto mejor guardado, ahora que don Benigno se encuentra inerme lejos de la mirada protectora de su mujer. Finalmente rompiendo reparos considera que esta es la oportunidad. Entonces rompiendo el silencio sepulcral de la tienda con su característica voz chillona espeta: “Don Benigno jukta willaycoman, pero pengacocha” (2). Entonces todos volteán al escucharla y esperan con supina curiosidad la segunda parte  de la revelación. Exigien a la timorata Paula el íntegro de la revelación. Alentada por la exigencia, Paula, termina de contar: “Don Benigno, gayan sueñuycuro, ma abrazarcamar mutzaycamana canqui” (3); provocando la hilaridad de los viejos jugadores. Se levanta indignado profiriendo: “Chola de mierda, mejor me voy a comer”; mientras es despedido por desagradables risotadas.

(1)  “Jaaacintoo que haces ahí como una piedra, ven por lo menos a ayudarme”
(2)  “Don Benigno, quiero contarle algo pero me da vergüenza”

(3)  “Don Benigno, ayer le he soñado, luego de abrazarme Ud. Me había besado”

viernes, 14 de octubre de 2016

PARA EL AMIGO AUSENTE

PARA EL AMIGO AUSENTE


Hoy estuve esperando tu llamada que no llegó. Hoy estuve recordando lo que hubiera sido recibir tu llamada si no te hubieras ido, pero la realidad es contundente, no estás. Quién sabe, como las veces pasadas me hubieras llamado para decirme “Curito” te estoy llamando para que me saludes. Y sin duda nos hubiéramos cagado de risa de la vida, de nuestras arrugas, de los años, de las canas, de nuestras tragedias, de nuestras risas, de los amigos, en fin.
En el patio trasero de los “Libios” construyendo aquel castillo de fuegos de artificio de fósforos amarrados con pabilo mojado en una latita de kerosene y paquetitos de azufre junto a los pocos amigos que éramos, porque casi todos se habían ido a Lima. Los fósforos provenían de la tienda de mi papá, el azufre de la tienda de tu papá, el pabilo y el kerosene de la tienda de los “Libios”. Los que no tenían tienda de donde hurtar los “ingredientes” para el castillo, traían el carrizo en los que se iban instalando pacientemente los fósforos, los paquetitos de azufre para encenderlos y disfrutar de ese precario castillo después de la corrida de toros con los feroces toros a los que el “Ismu” controlaba con la cuerda, amarre de los cerdos liberados para ese fin. Eran días posteriores a la fiesta patronal en la que replicábamos en nuestra mente infantil al máximo de todo aquello que sucediera en Chacas.
Nuestro universo que era Chacas  y todo cuanto se produjera en él, se replicaba luego como en una maqueta. En aquel patio trasero de la casa doña Celinda, que a veces nos increpaba por el desorden que producíamos en su no tan apacible corral de cerdos.
Llegaban los carnavales a Chacas y en el traspatio también se erigía un madero de sauco, orlado con serpentinas, talco, escazas frutas; pero, en el patio trasero también tenía su  chiwalo.
Luego llegó a nuestras vidas ese periodo en el que espíritu angustioso y enmarañado se apodera de cuanto nos sucede. Entonces empezaron los bailes, empezaron a tomar vida las chicas. Por ese embelesamiento que producen las mujeres alguien se cayó del muro de don “Mañumariluz” de tanto mirar a las nietas.
Empezaron las “janaras” como dijera un día el chino Jorge, un día como hoy en la sala grande de la antigua casa de tus abuelos. Teníamos que empaquetar quién sabe un jaboncillo o tal vez un par de docenas de caramelos para obsequiarnos como regalo de cumpleaños. Después vinieron las fiestas en la casa del “Barrio Alto” como te gustaba llamarlo, barrio donde vivian los “Moishes”  también,  en aquella casita que hubieras querido que fuera de resipol. En ella se reunían la crema y nata de la belleza que inspiraba decir “Chacas que lindura”. En ella al son de una cumbia, talvez “Cariñito”, torneando los brazos de manera sincronizada, o un zapateo de un anodino huayno o quién sabe de un ritmo loco de “The Queen and Revolution” empezábamos a cortejar a aquellas chiquillas en quiénes también empezaba a despertar ese no sé qué las inquieta.
De esa época, como no recordar que enfundado en un poncho habano mientras intentabas deslizarte por la ventana de la casa de la gordita que quitaba tus sueños, te atascaste entre los barrotes de fierro de la ventana y tuvimos que jalarte de los pies y a duras penas liberarte pero el pánico ya había cundido entre la vecindad del frente. Cómo olvidar que el día de tu “matri” esa misma chiquilla la de la ventana, acompañada de un joven delgado espigado y barbón salía a contemplar la hermosa luna; fue sorprendida por la madre de esta en la puerta, y el joven no tuvo otra alternativa que pedir permiso: “Señora, puedo salir con su hija a dar un paseo” a lo que la vieja media ebria replicó: “Anda no más, barbón de mierda.”
Como olvidar tu sencillez, tu fidelidad a todo, tu pasión por Chacas y tus amigos, tu amor por tus padres, tu mujer, tus hijos; como olvidar que se te iba la babita por tus nietos, tu vocación de imitador. Tu increíble paciencia para escuchar y no amargarte ante nada.
Hoy no me has llamado, “hoy estoy en el poyo de la casa, donde nos haces una falta sin fondo” como diría Vallejo, tal vez sería pertinente agregar que hoy también te estamos esperando con un vaso de chela Pilsen helada en algún patio de una casa antigua esperando tu sonrisa franca, entrando con una anécdota entre manos y un abrazo fuerte en ciernes.

Feliz cumpleaños Coñito. No te hemos olvidado,  sigues viviendo entre nosotros. Solo has cambiado la forma de existir.

jueves, 11 de agosto de 2016

PARA COÑITO, IN MEMORIAM - "APREMIOS DE PELUQUERÍA."

APREMIOS DE PELUQUERÍA.


"Quien vive en el recuerdo de los demás nunca muere"

Por Manuel Roca Falcón.

El viernes 22 de julio mientras viajaba rumbo a Lima, a través del Whatsapp iba conversando con Coñi quien siempre encontraba el humor en cualquier lado de la vida y lo usaba como  mejunje de la amistad y en esa conversación me contó de casualidad parte de este relato que yo andaba buscando para cumplir el compromiso con los editores de "El Pregonero" de escribir un artículo.  Cuando le dije que había encontrado el argumento de mi próximo artículo;  en son de broma y, presumo, premonitoriamente me dijo: “Ni lo publiques, soy hombre muerto”, haciendo alusión a que Yango, su cuñado, protagonista de la anécdota  le encararía que me hubiera contado.

Coñito: amigo, hermano, compañero de tantas aventuras para tener la memoria viva de tu recuerdo, para que donde estés no pierdas la costumbre de reír te cuento esta anécdota que me contaste, y no me reclames: “Curito, ¡escribe pe!, que queremos matarnos de risa”.

(Ver el vídeo)
video


Uno de los momentos de la vida más vacíos, soporíferos e inactivos debe ser aquel en que te sientas en una poltrona de peluquería. Y si sobre ello se agrega el roce deliberado de la palma de la mano del peluquero sobre tu rostro o alguna parte sensible de tu cuerpo el suplicio se acrecienta, salvo que quien te esquilme la melena sea una fémina de buen talle; entonces sí, sentir la proximidad de sus pezones sobre tu rostro, aun cuando la blusa nos separe de su contacto, prontamente te pasma de entusiasmo.

Un día Pepelucho concertó una cita con un par de jóvenes peluqueras que de buen talle no estaban lejos de la perfección; pechos turgentes, muslos torneados, ojos juguetones y cintura hechicera hasta por  el trasluz  de sus ceñidas blusas. La cita fue concertada en la peluquería “Las Rositas” para después de una larga jornada de esquilaje apremiante y de sábado febril. Pepelucho llegó puntual, peinadito después de un laborioso trabajo de sometimiento  de sus rebeldes mechones que se resistían a la orientación que intentaba delinear el peine con la ayuda de un suavizador aceite de almendras para bebés. Su rostro obscuro, su mirada ingenua y su sonrisa ansiosa de apremios no satisfechos ingresaron por el postigo abierto al medio de una puerta metálica desenrollada debajo de un anuncio luminoso de neón con dos rositas en los extremos. En una mano la sonrisa ansiosa llevaba una bolsa de supermercados con media docena de botellas de ron y en la otra mano el sudor irrefrenable de un deseo reprimido. Saludó a las chicas con un beso en la mejilla y un lacónico “hola”.  Al rato las botellas fueron una a una destapadas y escanciadas en copas dispuestas entre los frascos de talco, cremas y otros cacharros en una de las mesitas de la peluquería. Después de un largo trajinar de las copas y cuando sintió el vaho del licor subir desde los dobleces de su estómago hasta los aledaños de su cabeza entró en la cuenta que su metas afrodisiacas tendrían que ser postergadas, pues pronto quedó postrado ebrio de amor, deseo y alcohol sobre el sillón de peluquería. Las chicas mientras tanto apenas achispadas por las copas de ron, en su intento de agradecer a tanto galanteo y atenciones de su amigo  Pepelucho pensaron que tal vez a ese rostro moreno  le iría a la perfección un enrulado a lo Africa Look. Presurosas le pusieron los rulos, los bigudíes, los químicos ondulantes, el gorro térmico y esperaron los resultados de su trabajo casi hasta el amanecer. Cuando al día siguiente Pepelucho despertó   y se vio en el espejo se asustó tanto de su nuevo look que se escapó hasta Acochaca, su tierra natal, para que nadie lo viera. Cuando transpuso el viejo portón de la casa , Cori sorprendida no dejaba de decir: “yu?”, “yu?”, “yu?”,…

No muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio, Robin entró  a la peluquería donde era parroquiano habitual. Solicitó al estilista de su preferencia que le alisara el rubio cabello que  había crecido desmesuradamente y que distorsionaba su cuidado y deliberado porte de militar. Se sentó en la poltrona rosada del centro de estética “Yensi Coffiure”, el estilista empezó su trabajo poniéndole la capa de corte rosándole el cuello con sus delicados dedos lo que le produjo cierto escalofrío lacerante. Mientras Robin ojeaba una revista de modas Yensi, el estilista, ejecutaba su trabajo tarareando entre dientes una canción de moda. A Robin le pareció que inhabitualmente Yensi esta vez se demoraba mucho para concluir un corte que siempre había sido relativamente sencillo; sin embargo, esperó pacientemente mientras escuchaba bisbisear el ritmo anodino que el estilista ensayaba. Tuvo que soportar el roce de sus dedos, por momentos algún jalón de cabellos, la gélida punta de una tijera y eventualmente, sobre su nuca, el frio y la humedad de un  pulverizado líquido fragante que salía de un chisguete. Cuando finalmente Yensi empezó a desabrochar la capa de corte y a pasar sobre sus hombros y cuello el cepillo de talco sintió alivio; pues, era el anuncio de que el corte iba concluyendo. Finalmente el peluquero haciendo una pirueta de valet le puso un espejo al frente anunciándole: “¡Mira esta obra de arte!”. En el espejo se proyectó una imagen que no encajaba en su memoria, era su rostro pero con cabellos ensortijados, hasta cierto punto era una imagen híbrida,   la suya  y la  de su mamá. Recién cayó en la cuenta entonces que la demora obedecía a que Yensi  se había afanado en ensortijar sus rebeldes cabellos rubios  teutones. Una vez repuesto de la impresión inicial se enfureció y exigió  al estilista: “Córtame carajo”; pero, el estilista no podía estropear su obra maestra así que se negó. A los pocos minutos la obra de arte caía entre los dientes romos de una vieja y oxidada máquina de peluquear de un antiguo peluquero.


martes, 2 de agosto de 2016

CANNABIS SATIVA.

CANNABIS SATIVA.


Para mi entrañable amigo, Coñi Aguire; con el único afán de seguir cagandonos de risa.

Una tarde cuando el sol se ocultaba entre los empinados cerros cubiertos de nieve, el “Che” acababa de lanzar las ultimas bocanadas de humo de su pitillo de mariguana. En esas circunstancias, abruptamente, su  embelesamiento  de pavesas de humo  fue interrumpido por unos golpes en la puerta de entrada de la primera planta de la casa. Con el cabello enmarañado  y la barba larga traspuso su cabeza por el hueco de la ventana y vio al flaco Waldo. Waldo levantó la vista y las miradas se encontraron traduciéndose en una señal de visita. “Habla huevón”, dijo el “Che”;  “Acá pues vengo a hacer hora”  dijo Waldo.  “En un toque bajo” replicó  el “Che” y bajó a abrir le la puerta a su entrañable amigo.
Se sentaron en los muebles dispuestos en la sala y se pusieron a charlar  durante largo rato de cómo les iba en la universidad,   de bonsáis, de minerales,  y no cayeron en la cuenta que aun cuando la charla estaba aburrida había pasado ya un buen tiempo; hasta que el “Che” propuso llamar a Lewis, Reynaldo y otros amigos para hacer más llevadera la tarde. La tecnología y las ganas de reencontrase entre paisanos en una ciudad foránea hacían esa maravilla de reunir a los amigos. Dentro de poco, mientras la charla empezaba a desfallecer, empezaron a aparecer los amigos. Primero llego Aldo flamante ingeniero, con una bolsa de supermercado donde tintineaban unas botellas de algún licor que hizo a más de uno evocar algún recuerdo vomitivo. Dejando la bolsa en el piso de la sala dio a cada uno un esforzado abrazo para restañar la distancia y el tiempo, luego se dio a recorrer la sala viendo las fotos en blanco y negro pegadas en las paredes cubiertas de yeso de la sala.
La algarabía del encuentro se tradujo en copas de ron con Cocacola que iban y venían trazando rutas geométricas de ángulos agudos entre la boca  y la mano mientras recordaban   vivencias de la secundaria y los maestros que habían jodido durante la época de escolar. El “Che” se emocionó tanto que no pudo contener su emoción sino sacando un paquete de “yerba” de una vieja cajuela de  metal que un día envasaba algún confite. Arrancó una hoja  del Deuteronomio de una vieja Biblia que tenía a su alcance  y con una porción de mariguana de su paquete empezó  a enrollar un cigarrillo que lo coronó con una línea de saliva con la punta de la lengua sobre el papel para sellarlo; y finalmente  para destacar lo recordado dijo: “¡Qué loco huevón!”.
El pitillo fue transitando como una herida inestable de la tenue penumbra, preparada intencionalmente para emular un ambiente mágico,  sostenido a ratos entre los dedos y  los labios de los concurrentes. Mientras el “Che” iba instruyendo como retener el humo sagrado de la yerba para que hiciera efecto en las mentes vírgenes de los novicios. Luego de unos momentos algunos cantaban en inglés “Yesterday” de los Beatles, otros quedaron con los ojos mirando al infinito, otros se tiraron al piso emulando a Cristo en Getsemaní y oraban ardientemente, mientras “El Poeta” Joshua recitaba cinco metros de versos endecasílabos. Solo Ronaldiño entró en trance casi diabólico que se iba incrementando conforme pasaban los minutos. Botaba babas, se contorsionaba como un poseído mientras el “Che” trataba de calmarlo diciendo: “Vamo a calmarno, Diño”.
El trance de endemoniamiento en que entró Ronaldiño extrajo a todos de su propio trance y los preocupó porque no había quien y ni nada que pudiera calmarlo. Entonces  el “Che”  en su desesperación dijo: “Pónganle la Biblia en el pecho y recemos carajo”. Entonces el poseso del humo empezó a hablar idiomas desconocidos, a hablar en reversa y botar babas verdes que asustó aún más a los contertulios. En eso entró a la sala, con cierto apuro, la hermana del “Che” y viendo al poseso en ese trance expresó: “Ronaldiño pórtate bien carajo”;  y entonces el  energúmeno como si hubiera oído a la Virgen María se calmó en el acto; sin embargo, apenas la joven se retiró luego de sacar algo de su dormitorio, nuevamente empezaron las contracciones, las babas y los idiomas desconocidos.
Luego de muchas oraciones, agua ligeramente bendita sobre el poseso y unas biblias más sobre el pecho; los vómitos calmaron. El poseso pudo ser exorcizado mientras los concurrentes iban saliendo del sahumerio; así, el gringo Lewis cogido del brazo por “El Poeta” bajaba los peldaños diciendo “¡Que bestia, que altura carajo!” sobredimensionando en su ensueño los peldaños de la escalera.

domingo, 19 de junio de 2016

JAQUE MATE CON MANGUERA


“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. 
            ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 
             de polvo y tiempo y sueño y agonía?
J. L. B.

El postigo de la puerta ligeramente entornada intenta impedir el ingreso del crudo frío  de una noche de junio. De rato en rato se escucha el crepitar de una polilla en su afán de dar los últimos mordiscos en la puerta agujereada  por millares de sus cofrades que han hecho una zaranda de ella y que a duras penas se sostiene. Dentro, en la chicheria, dos jóvenes disputan una partida de ajedrez sobre un tablero que funge de mosaico de marfil colocado  sobre el mostrador apolillado también. Cada cuando un sorbo de chicha mezclado con alcohol discurre por el garguero de alguno de los contrincantes para apaciguar la tensión  luego de pensar el movimiento de alguna ficha.
El reto mudo planteado sobre las casillas blancas y negras es observado por otro joven que sostiene la mandíbula sobre los nudillos de los dedos que hacen contacto con sus dientes cariados. El imparcial observador no  descuida remojar con  un chorro de chicha la garganta mientras concentra su mirada en el desplazamiento del ladino alfil en el que puede sospechar un inminente y velado ataque contra la reyna blanca.
Mientras, afuera el frio arrecia y el aire se arremolina en torno a la puerta apolillada insuflando, de rato en rato,  un gélido hálito sobre las piezas dispuestas en las casillas. Manfre saca del bolsillo del pecho de su camisa un cigarrillo con un cintillo dorado entre el pucho y el cuerpo del cigarrillo. Lo ajusta entre los labios para luego alisar la cajilla de fósforos y encenderlo mientras piensa como neutralizar el ataque que le ha asestado  su entrañable amigo y eventual contendor, Manolo.
El joven observador, a quien sus cariados dientes han ayudado a bautizarlo, con el “grandilocuente” mote de “Ismu”, es el anfitrión,  proveyendo  la chicha, los pitillos y el tablero de ajedrez obviamente bajo la contrapartida de las monedas sustraídas por los contrincantes del cajón de recaudos de la tienda de sus respectivos padres.
Luego de neutralizar el ataque negro contra la reyna,  Manfre quien sabe aliviado del ataque ordena: “Ismu, una tanda más de chicha”. A lo que “Ismu” replica: “¿Con o sin?”. “No te hagas el huevón y sirve rápido”, termina diciendo Manfre y nuevamente se vuelve a concentrar con la idea de contratacar para  ganar.
La noche avanza y la partida no  tiene visos de concluir, se perfila un final intrincado, cuidadoso, lento y de muerte a cuentagotas y con posibilidades para ambos bandos.

En la casa vecina una madre preocupada se apresura a develar entre la penumbra y ayudada por la luz mortecina de una cerilla el mensaje cifrado del tic tac del reloj sobre la cabecera del catre. Son las dos de la mañana y el hijo estudiante aún no ha llegado. Se viste con premura ayudada de la luz de una vela que ha encendido, se dirige al caño de la casa, agarra una manguera y sale rauda y furiosa a la calle. No bien ha traspuesto la puerta de su casa escucha una discusión cercana. Se acerca cautelosa al lugar de donde proviene el ruido y por la puerta ligeramente entornada ve los rayos de la luz ambarina de un “chiuchi”. Cuando  aguaita por una de las tantas rendijas de la puerta puede ver a su Manfre, gesticulando y discutiendo, en un estado de beodez la posición de un peón.  Su furia se va incrementando y Manfre, dentro,  moviendo un caballo anuncia a su contrincante: “¡Jaque!”, en ese instante la madre empuja la puerta y chilla: “Maaanfreee que haces ahí. ¿Creo que estas tomando?”. “ Noo mamá, solo estamos jugando ajedrez”. Y la mamá: “ A ver tu alientoooo! Y Manfre: “jaaaaaa” y la madre: “ya ves sinvergüenza! Y con la manguera en ristre da el mayor jaque mate a un ajedrecista nunca visto en todos los tiempos.