APREMIOS
DE PELUQUERÍA.
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"Quien vive en el recuerdo de los demás nunca muere"
Por
Manuel Roca Falcón.
El viernes 22 de julio mientras viajaba
rumbo a Lima, a través del Whatsapp iba conversando con Coñi quien siempre encontraba
el humor en cualquier lado de la vida y lo usaba como mejunje de la amistad y en esa conversación me
contó de casualidad parte de este relato que yo andaba buscando para cumplir el compromiso con los editores de "El Pregonero" de escribir un artículo.
Cuando le dije que había encontrado el argumento de mi próximo artículo;
en son de broma y, presumo, premonitoriamente
me dijo: “Ni lo publiques, soy hombre
muerto”, haciendo alusión a que Yango, su cuñado, protagonista de la anécdota
le encararía que me hubiera contado.
Coñito: amigo, hermano, compañero de tantas
aventuras para tener la memoria viva de tu recuerdo, para que donde estés no pierdas la costumbre de reír te cuento
esta anécdota que me contaste, y no me reclames: “Curito, ¡escribe pe!, que queremos matarnos de risa”.
(Ver el vídeo)
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Uno
de los momentos de la vida más vacíos, soporíferos e inactivos debe ser aquel
en que te sientas en una poltrona de peluquería. Y si sobre ello se agrega el
roce deliberado de la palma de la mano del peluquero sobre tu rostro o alguna
parte sensible de tu cuerpo el suplicio se acrecienta, salvo que quien te
esquilme la melena sea una fémina de buen talle; entonces sí, sentir la
proximidad de sus pezones sobre tu rostro, aun cuando la blusa nos separe de su
contacto, prontamente te pasma de entusiasmo.
Un
día Pepelucho concertó una cita con un par de jóvenes peluqueras que de buen
talle no estaban lejos de la perfección; pechos turgentes, muslos torneados,
ojos juguetones y cintura hechicera hasta por
el trasluz de sus ceñidas blusas.
La cita fue concertada en la peluquería “Las Rositas” para después de una larga
jornada de esquilaje apremiante y de sábado febril. Pepelucho llegó puntual,
peinadito después de un laborioso trabajo de sometimiento de sus rebeldes mechones que se resistían a
la orientación que intentaba delinear el peine con la ayuda de un suavizador
aceite de almendras para bebés. Su rostro obscuro, su mirada ingenua y su
sonrisa ansiosa de apremios no satisfechos ingresaron por el postigo abierto al
medio de una puerta metálica desenrollada debajo de un anuncio luminoso de neón
con dos rositas en los extremos. En una mano la sonrisa ansiosa llevaba una
bolsa de supermercados con media docena de botellas de ron y en la otra mano el
sudor irrefrenable de un deseo reprimido. Saludó a las chicas con un beso en la
mejilla y un lacónico “hola”. Al rato
las botellas fueron una a una destapadas y escanciadas en copas dispuestas
entre los frascos de talco, cremas y otros cacharros en una de las mesitas de
la peluquería. Después de un largo trajinar de las copas y cuando sintió el
vaho del licor subir desde los dobleces de su estómago hasta los aledaños de su
cabeza entró en la cuenta que su metas afrodisiacas tendrían que ser
postergadas, pues pronto quedó postrado ebrio de amor, deseo y alcohol sobre el
sillón de peluquería. Las chicas mientras tanto apenas achispadas por las copas
de ron, en su intento de agradecer a tanto galanteo y atenciones de su
amigo Pepelucho pensaron que tal vez a
ese rostro moreno le iría a la
perfección un enrulado a lo Africa Look. Presurosas le pusieron los rulos, los
bigudíes, los químicos ondulantes, el gorro térmico y esperaron los resultados
de su trabajo casi hasta el amanecer. Cuando al día siguiente Pepelucho despertó y se vio en el espejo se asustó tanto de su
nuevo look que se escapó hasta Acochaca, su tierra natal, para que nadie lo
viera. Cuando transpuso el viejo portón de la casa , Cori sorprendida no dejaba
de decir: “yu?”, “yu?”, “yu?”,…
No
muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio, Robin entró a la peluquería donde era parroquiano
habitual. Solicitó al estilista de su preferencia que le alisara el rubio
cabello que había crecido
desmesuradamente y que distorsionaba su cuidado y deliberado porte de militar.
Se sentó en la poltrona rosada del centro de estética “Yensi Coffiure”, el
estilista empezó su trabajo poniéndole la capa de corte rosándole el cuello con
sus delicados dedos lo que le produjo cierto escalofrío lacerante. Mientras
Robin ojeaba una revista de modas Yensi, el estilista, ejecutaba su trabajo
tarareando entre dientes una canción de moda. A Robin le pareció que
inhabitualmente Yensi esta vez se demoraba mucho para concluir un corte que
siempre había sido relativamente sencillo; sin embargo, esperó pacientemente
mientras escuchaba bisbisear el ritmo anodino que el estilista ensayaba. Tuvo
que soportar el roce de sus dedos, por momentos algún jalón de cabellos, la
gélida punta de una tijera y eventualmente, sobre su nuca, el frio y la humedad
de un pulverizado líquido fragante que
salía de un chisguete. Cuando finalmente Yensi empezó a desabrochar la capa de
corte y a pasar sobre sus hombros y cuello el cepillo de talco sintió alivio;
pues, era el anuncio de que el corte iba concluyendo. Finalmente el peluquero
haciendo una pirueta de valet le puso un espejo al frente anunciándole: “¡Mira
esta obra de arte!”. En el espejo se proyectó una imagen que no encajaba en su
memoria, era su rostro pero con cabellos ensortijados, hasta cierto punto era
una imagen híbrida, la suya y la
de su mamá. Recién cayó en la cuenta entonces que la demora obedecía a
que Yensi se había afanado en ensortijar
sus rebeldes cabellos rubios teutones.
Una vez repuesto de la impresión inicial se enfureció y exigió al estilista: “Córtame carajo”; pero, el
estilista no podía estropear su obra maestra así que se negó. A los pocos
minutos la obra de arte caía entre los dientes romos de una vieja y oxidada
máquina de peluquear de un antiguo peluquero.