martes, 25 de octubre de 2011

RELATO DE UN NAUFRAGIO.



He retirado la foto original por reclamo de Gustavo. Es posible que tenga razon al incomodarse por cuanto no le consulté para publicarla; sin embargo no tenia intensión de ofenderlo, ni mucho menos. Además pensé que tenía un poco de correa. En todo caso lo hice solo por creí que el articulo tendría más acogida tratandose de un personaje tan conocido. 


Don Pancho  y Gustavo  (Wapi) eran una dupla de técnicos y pro científicos (y digo "eran" porque el primero es finado lamentablemente) en cuya compañía uno podía disfrutar exquisitamente del trato meticuloso y cuasi profesional de temas como construcción de carreteras, embalses de agua, agrimensura y otros fárragos protocientíficos incompresibles para una mente profana en esos menesteres. Casi siempre  se les veía juntos deliberando cuestiones técnicas ya sea subidos en un volquete, sobre un peñón o a la ribera de un río.  A pesar de la diferencia de edad cuando se trataba de una tarea que beneficiaría al pueblo  se entendían y se enrumbaban en cualquier proyecto.
Don Pancho había trabajado casi toda su vida en la planta flotadora de minerales de Pompey junto a los primeros dueños que eran alemanes. Sin duda de ahí provenían sus conocimientos técnicos respecto a construcciones y cálculos matemáticos. Un ciudadano que siempre puso de manifiesto  su preocupación y compromiso para con el desarrollo de Chacas.
Gustavo, es hijo de uno de los maestros chacasinos más recordados por su habilidad  oratoria y dotes de polemista. Según testimonio de los que conocieron a su padre,  cuando la visita de Belaunde Terry a Chacas allá por la década del sesenta, empañó con su hablar florido el discurso del ex presidente. Gustavo es un pintor caricaturista amateur y un gran investigador cuando quiere y cuando los trajines y menesteres de la casa y del hogar se lo permiten. Y ojalá se lo permitieran a menudo.
En fin, el objetivo de esta nota no es hacer una biografía de estos entrañables personajes de nuestra historia reciente sino referir con aprecio y afecto algunas anécdotas que entre ambos nos han concedido para la posteridad.
Iban Gustavo y Don Pancho sobre el volquete celeste del municipio por la escarpada carretera de la Punta Olimpica conversando muy animadamente sobre  coordenadas y altitudes, cogidos de la carrocería de lata fría cuando intempestivamente  don Pancho disparó una pregunta: “Gustavo, ¿A qué altura estaremos?”. Gustavo que difícilmente se arredra ante los desafíos intelectuales, extendió su mano derecha  de manera horizontal frente a sus ojos y llevándola alineada  hacia el horizonte  respondió: “A la altura de Macuash* don Pancho”.
En otra ocasión cuando Gustavo trabajaba en la construcción de la cámara de carga (reservorio) de agua de la central hidroeléctrica de Jambón, recordando sus días de playa en la Punta (Callao), se encontraba gozando su descanso de mediodía  tirado casi en cueros - pues solo tenía puesto una antigua trusa asegurada con una correa por si las moscas - sobre el canto rodado fumando un cigarro mientras se calentaba, cual lagartija aprovechado al máximo  posible los esquivos rayos del sol de invierno, para darse un chapuzón en el tanque. Cuando se dio cuenta vio, venía un intruso a quebrantar su apacible descanso. Era don Pancho con su característico casco color naranja que venía a curiosear el avance de la obra. Luego del saludo protocolar Gustavo no tuvo otra alternativa que interrumpir su descanso, hacer de guía y conducirlo por el borde del reservorio explicándole al detalle el funcionamiento de cada orificio, conducto, llave y rebose. Estaban en esa, cuando en un descuido de su anfitrión don Pancho hizo un mal movimiento o piso mal y cayó al estanque   con toda su humanidad. Cuando Gustavo volteó solo encontró el casco naranja flotando sobre el agua. En su desesperación, tuvo tiempo de pensar en ajustarse el cinturón que se había puesto para que el agua no le arrabatara la trusa y se zambulló al rescate de don Pancho,  que dicho sea de paso no sabía nadar.  
Con mucho esfuerzo, don Pancho, repuesto del susto intento patalear y con eso consiguió hacer flotar su cabeza lo que facilitó a Gustado ubicarlo. Un par de brazadas y Gustavo que había sido experto nadador en las cálidas playas de nuestro litoral  ya estaba al lado de don Pancho; sin embargo, el peso, el movimiento pesado, y otras peculiaridades  del náufrago no facilitaban el rescate. Después de una titánica tarea pudo conducirlo a la borde de la alberca  y hacerlo trepar mojado y trémulo  de frio. Luego del rescate Gustavo, casi sin fuerzas, con mucho esfuerzo pudo subirse a la ribera  de cemento y cuando se miró solo tenía como prenda la correa marrón alrededor de la cintura, miró con sarcasmo a don Pancho, y lanzó una  carcajada socarrona.
(*) Macuash.- Poblado ubicado al este y a la misma altitud de Chacas .

martes, 18 de octubre de 2011

EL SACRISTAN Y LA MONJA

Cuando vio que su madre ya no se recuperaría y que el día fatal estaba cerca, no tuvo más alternativa que la resignación. Resignación que se manifestó en la decisión de tomar la mortaja bermellón para irse al  pueblo a buscar al cura Corazzola. Este, era uno de esos  curas resueltamente locos e intolerantes que en su redil no permitía otras cofradías que la suya, llegando incluso a perseguir a los evangelistas cual cruzado frenético y arrebatado  tras de los moros impíos. Un día llegó a quemar en plena plaza pública las Biblias  que los infieles y paganos evangelistas invocaban en su mesiánico culto.
Maura había cogido, además de la mortaja  como forma de pago por la bendición de la mortaja, una gallina que tascaba unos granos en el corral. Con la gallina en un sobaco y en el otro la mortaja emprendió  camino hacia Chacas donde moraba en Santo Cura. Luego de vencer la dura cuesta que separaba su casa de Chacas llego al fin a la verde plaza que en ese momento casi podía hacerla pensar que se trataba de la plaza de un pueblo fantasma. Subió camino a la casa del cura, puso la aprisionada gallina  y la mortaja morada sobre el piso, tomo aire y con la esperanza de encontrar al cura tocó la puerta, lo único que respondió fue un largo y sepulcral silencio. El cura no estaba.   
Bajaba hacia a la plaza desalentada cuando de pronto surgió por una puerta azul un rostro de obispillo, a quien consultó sobre la ubicación del cura. Entablose entonces una breve conversación entre ambos resultado del cual fue que Maura ya estaba en la sala de la susodicha vivienda, esperando a la monja del convento de Huari que le había dicho el sacristán que por suerte se encontraba de visita y que tal vez podría bendecir la mortaja.
Mientras, en su dormitorio una robusta y rubicunda mujer cogiendo una sábana blanca    y un tul  negro los adecuaba para  envolver sus robusteces para cumplir como hermana de la Congregación de las Descalzas una bendición a favor de alguien que estaba a punto de encontrase con nuestro señor Jesucristo. En  el caño del patio trasero el autoproclamado sacristán preparaba el agua bendita  en una garrafa pulcramente revestida de oropel por sus bordes, doblaba un paño  blanco y acicalaba algunas flores de cartucho para los  santos oficios que estaban próximos a celebrar entre él y la hermana Indulgencia. En tanto Maura agradecía a Dios,  nuestro salvador, por la suerte de haber encontrado a la monjita para bendición mientras la gallina mancornada  yacía silente con el pico hincado sobre el piso rojo carmín de la sala.
Casi como una ráfaga de aire entró  en la sala la hermana Indulgencia seguida del sacristán, que se había colocado en la cintura un cordón del Señor de los Milagros,  con todos sus utensilios litúrgicos. La hermana Indulgencia con un tono afectadamente extranjero y conminatorio ordenó a la mujer a ponerse de pie y extender entre sus manos la mortaja para proceder a la ceremonia de bendición de la prenda mortuoria. Improvisó un Pater Noster , un  Ave María, gratia plena, unas frases inconexas en latín  solicitó el agua bendita al sacristán que atento  se lo alcanzó. Con la flores de cartucho roció con el agua de la garrafa y nuevamente masculló   unas frases en latín que para los gentiles no está permitido entender y la mortaja estaba ya bendecida; y vengase por aquí la gallina.
Maura se despidió muy agradecida con la firme convicción  que su madre tenía asegurada un boleto a la eternidad en la diestra de nuestro salvador. Entre tanto la monja y sacristán, despojados de su  improvisada indumentaria  se disponían a despellejar la gallina y tomarse un sustancioso caldo a costa de un latín  supuesto.   

martes, 11 de octubre de 2011

AMORES PERROS


Circundando el pequeño pueblo que era Chacas, el Gordo, llevaba a Liz enganchada del brazo cual presa de su  furor amatorio que le nacía de cuando en cuando. La casaca que le había puesto en la cabeza era una exageración que revelaba su obsesión para que no la reconocieran en la oscuridad impenetrable de la noche. Tal vez esa obsesión se justificaba teniendo en cuenta los amigos que tenía. Si por alguna razón del destino se topaba con alguno de ellos y la reconocían, en  la clase y el recreo sería el punto vital de la chacota general. 
Ella casi era remolcada como cuando en la actualidad los policías trasladan casi a rastras a los presos que se esfuerzan por ocultar su identidad mientras la  prensa se regodea. En cada esquina su seboso  raptor se cuidaba, cual espía en plan de escamoteo, de vigilar la presencia humana por las desoladas calles de Chacas. Cuadra a cuadra fueron avanzando atravesando la noche oscura hasta llegar a la puerta desvencijada que a duras penas se sostenía y al abrirse o cerrarse hacia un ruido  imposible de encubrir. Tuvo que cargarla para que sus pasos aparentaran el paso de una sola persona y su madre no notara la presencia de quien había sido raptada voluntariamente.
Al fin ya estaban en el dormitorio y se acomodaron sin hacer ruido ni luz, encontraron al tacto la cama, el bacín debajo de la cama, el antiguo tocadiscos cuya antena la rompió Ucush o tal vez Curu en una borrachera que Francesco no quería recordar. La puerta apolillada dejó oculto lo que pasó; tal vez se dijeron palabras bonitas, versos breves de adolescentes, solo lo saben el Gordo y Liz, raptor y raptada. Pero, la noche que fue breve para ambos se estaba terminado y un rayo de luz azulina ingreso por el orificio que siempre tienen las tapias y los despertó quien sabe muy tarde. Se apresuraron por rehacer la cama y salir hasta la puerta para despedirse. El Gordo despidió  a la moza,  en la que quien ya se insinuaba una ligera carnosidad, con un beso en la frente y un fugaz arrumaco.
Cuando hubo vuelto al cuarto, Francis se dio una siesta mientras esperaba el dulce toque de campana de colegio.  Mientras tanto su madre se puso en pie y empezó el trabajo cotidiano de preparar el desayuno para los bellacos  que eran sus hijos. Cuando entró a la cocina  como un pantallazo estaba al frente suyo el vacío de  los dos jamones que los había cuidado con esmero, pues no estaban en su sitio. Partes de ellos yacían en el piso descarnados por un hocico carnívoro y  voraz. Inmediatamente provocó un alboroto, peculiar en ella,  lanzó acusaciones a diestra y siniestra, acusaciones que fueron inmediatamente refutadas por Néstor, el hijo menor, con el contundente argumento que en la noche había visto en la pared al perro blanco  de la señora Perpetua, madre de Liz,  merodeando  la casa. Frente a un argumento tan contundente, el Gordo, no tuvo otra respuesta sino sonrojarse, con lo que admitía implícitamente que el can de su amada había caído débil frente a la tentación de la carne convirtiéndose así en su delator.         

martes, 4 de octubre de 2011

CASTIGO DE SAN MIGUEL ARCANGEL

               
              El tío de la joven con mucho esfuerzo acarreo sus trastos de calichero a Chinchurajra. Como todos los años quería aprovechar la concurrencia de los fieles de San Miguel Arcángel abogado de los proscritos  del bien para procurarse algún dinero con la venta de emolientes y caliches en esas fiestas de rostros esquivos que convoca el Santo Arcángel vencedor del demonio. Había dejado a su joven sobrina en la casa de Uchcu Rumi confiado en la  decencia de la muchacha.  Sin embargo, una ínfima sospecha de que la joven no era tal, le corroía la mente y le empujaba a retornar inopinadamente para corroborar su confianza de la virtud de la joven y despejar por siempre sus dudas.  
                Mientras el calichero Kuki sufría las consecuencias de sus cavilaciones, en su casa un bulto rollizo traspasaba la puerta con mucha cautela para evitar cualquier ruido, mientras la joven Mery lo esperaba con ansias en su aposento. Era el gordo Francesco que como todas las noches que el calichero salía a ganarse  el pan de pada día,  él ingresaba a la casa a ganarse los favores de la joven Mery.  Apenas ingresó al dormitorio se dispersó toda su gordura para acariciar la suave y tersa piel de Mery. Estaban retozando  como dos niños desplegando toda su inocencia sobre las sabanas de bayeta cuando de pronto escucharon que alguien desataba la aldaba que con tanto afán había logrado asegurar el gordo. El extraño visitante no era sino Kuki el calichero que volvía de Chinchurajra sólo con la intensión de comprobar la virtud de la niña. Le había costado esfuerzo caminar el largo camino pedregoso y lodoso que separaba Chinchurajra de Chacas en plena oscuridad;  pero, ahí estaba como buen tío cuidando la honra y dignidad de la joven sobrina.
                Paso la puerta e ingresó  al dormitorio de su joven sobrina con una vela en la mano. Apenas sus ojos se acostumbraron a la tenue luz que irradiaba la vela pudo ver a su sobrina en cueros  y junto a ella un bulto cubierto con la frazada. ¡Pita¡ caraju¡, ¡Pita caraju¡* gritaba furibundo mientras el bulto se movilizaba como un fantasma en la penumbra. Lo que intentaba Francesco era recuperar sus prendas que estaban debajo de la cama y  así lo hizo mientras recibía correazos por sobre la frazada que cubría su identidad. Luego con la mayor sangre fría posible espero que el tío se descuidara para emprender huida siempre tratando de encubrir su identidad con la frazada.   No bien observó que el tío dedicaba sus golpes a la pobre joven aprovechó para escabullirse a todo correr. Cuando llegó a la puerta calculó que descalzo como estaba por el camino pedregoso el tío lo alcanzaría, así que se escondió tras el muro junto a la puerta y esperó. Tal como había previsto apareció raudamente Kuki y cuando lo tuvo a su alcance lo empujó por la pendiente por entre los rayanes que habían frente a la puerta y con el bollo de ropa en los brazos reemprendió la huida a su casa que estaba dos cuadras. Se metió a su casa y no tuvo que desvestirse para meterse a la cama. Apenas se había introducido en la cama unos desaforados golpes despertaron a todos en la casa. Era Kuki que golpeaba la puerta y que de alguna manera había reconocido al gordo bribón que le había hecho comprender que el mundo no lo que uno piensa que es.
                La mamá del gordo salió al balcón a responder las bravuconerías del tío deshonrado que desde el piso con el puño amenazante acusaba a su hijo de haberse introducido a su casa y deshonrado a su sobrina.   Para responder a la acusación la mamá entro al cuarto y trato de despertarlo pero el gordo estaba profundamente apresado en los brazos de Morfeo. La mamá salió nuevamente al balcón a refutar la descabellada acusación del calichero que como un pichín seguía vociferando en la calle.
                Dice que el diablo hace la olla pero no la tapa, así que siembre las picardías se descubren. Cuando al día siguiente el gordo retornaba del colegio lo espera el Sargento para manifestarle con su voz de lija y a boca de jarro delante de sus compañeros: “Chito, ¡cuando vas a recoger tus calzoncillos del puesto¡”
*Pita.- expresión quechua para preguntar ¡Quién es¡

martes, 27 de septiembre de 2011

CHILCANO AL ESTILO DEL PUERTO DE ACOCHACA

Pomallucay, septiembre 25

Un mediodía soleado, un enjuto cuerpo bajaba por la ligera pendiente que los chacasinos llamamos “Mamita Jamanán” (donde la Virgen descansó). Era el Flaco que volvía a Acochaca luego de dominguear. Iba como cuidándose del viento que amenazaba elevar por los aires su ligero cuerpo, presuroso después de haberse encontrado con la divina ensoñación de su vida. Aún en sus labios sentía el sabor anodino y grasoso de la pintura de labios que la muchacha estaba aprendiendo a usar para encandilarlo. Aun cuando la muchacha había sido el primer amor de casi todos, él llevaba en el pecho la enseña del amor correspondido, y sus pies, con su ligereza, traducían su alegría.

El camino de Chacas a Acochaca cada domingo era como el día en que Jesús se perdió junto a sus padres cuando retornaba después de la Pascua. El camino, colmado de caminantes, era una especie de caravana de nómades que bajaban comentando los sucesos del día, el sermón del cura y nimiedades por doquier. Claro, aún no existían las combis; la gaseosa y la cerveza eran un lujo, y las polladas aún no habían sido inventadas. Así que la gente tenía que resignarse a caminar, refrescarse con un potito de chicha y paliar el hambre con una “medida” de chocho.

El Flaco iba con un puñado de chocho en el estómago que incrementaba su sensación de vacío, y con un hambre que pensaba saciar apenas pudiera llegar a casa, que siempre le daba la bienvenida con la fragancia de los naranjos del huerto. Cuando pasó Chucpín, el camino se le hizo más pesado, pues las partes planas del sendero dan la impresión de que el trayecto se hiciera más largo. Por fin se acercaba al último tramo para aguaitar Upacasha, y no bien coronó la cumbrecita que lo ocultaba cuando vio a la Gringa en la puerta de su casa. Le dio la impresión de que lo esperaba y, por eso, empezó a hacer más lentos sus pasos, con la esperanza de que se introdujera en su casa. Pero la Gringa permaneció inmóvil en la puerta hasta que llegó.

La Gringa era la única gringa que existía en estos lares, y de veras que era gringa. Tenía los cabellos rubios y, junto con su restaurante “La Flor de Chacas”, fue la novedad por un largo tiempo en Chacas. La instalación de su restaurante, como ella dice aún, arruinó el negocio de los restaurantes más prestigiados de esos tiempos. El pomo de agua oxigenada había hecho lo que los genes le habían negado. Con su cabello rubio y el rostro que ocultaba su verdadero color detrás de los polvos, caminaba con donaire por las calles de Chacas, mientras la población mojigata siseaba sus críticas y remilgos a media puerta.

El Flaco tuvo que llegar inexcusablemente a la puerta donde la Gringa lo esperaba y, casi como exhalando su último aliento, le saludó:

—Buenas tardes, señora.

La Gringa, muy amable, le correspondió el saludo:

—Buenas tardes, joven Rosario. Joven Rosario, pase a tomar un chilcano.

El temor del Flaco se transformó en regocijo. Pasó al vetusto comedor, cuyas paredes desconchadas daban la impresión de que se desplomarían en cualquier instante. La mesa, cubierta con un plástico floreado donde se colocó, era un hormiguero de moscas; pero igual esperó con paciencia el chilcano en ese restaurante emblemático de las afueras del puerto.

La Gringa, en la cocina, abrió una lata de sardinas “Carabela” y la vertió en la sopa de “Ancay”* que hervía en el fogón. Revolviendo el “atún” en la sopa, lo sirvió en un plato y, humeante, se lo ofreció al joven romanticón que cortejaba a su hija. El Flaco, agradeciendo la gentileza de la virtual suegra, tuvo que engullirse sorbo a sorbo esa sopa marina bajo la férrea vigilancia de la Gringa, su suegra.


* Ancay .- Sopa tradicional de harina de trigo tostado.

lunes, 12 de septiembre de 2011

SIRENA ENCANTADORA…

Cerro Condor Senga - Acochaca
Articulo publicado en la revista
"Puente" del Circulo Social Acochaca.
Las fiestas nocturnas en el “Puerto” eran muy concurridas por muchas razones. Una era el clima un poco menos frío que el de Chacas lo que generaba en uno una especie de temperamento un poco calenturiento que luego se podía mitigar, no recuerdo bien, si con una jarra de chicha o unos vasos de cerveza, pero liquido al fin. Otra eran las lindas chicas que siempre  abundaban en eso confines del “astillero” de Acochaca y que se veían más lindas aun entonadas por la brisa  de la orilla fría del río.
                            Incitado por una bella “deidad” o como dice la canción por una sirena encantadora y a riesgo de recibir una reverenda garrotera me escabullí de mi casa de Chacas para emprender, en una noche de luna casi llena, una evasión, una huida del férreo control de mi padre para asistir a una de estas fiestas que en el “litoral” se celebraban. Había flechado mi sensible corazón los dulces encantos de una prima que vivía en el “puerto”. Acompañado de dos compinches voluntariosos que me ayudado a bajar por el poste junto a mi casa, ya estaba en la fiesta bien peinadito con la gomina llena de polvo levantado del camino.
                            La música suena más diáfana, el baile se torna mágico y como un sortilegio incompresible entras en la cuenta que sostienes las manos tersas de quien hasta hace un rato era casi inalcanzable. Pues, después de unos vasos del elemental líquido dorado casi todo aquello que  veías como una nube lejana se va haciendo cercano y real.    En efecto, ya estaba bailando con la linda prima, susurrándole palabras dulces en su aterciopelado pabellón auricular. Bueno, la fiesta duró hasta muy  temprano, es decir; hasta la cinco de la mañana del día siguiente o tal vez cuatro no recuerdo bien. Lo que si recuerdo bien es que dormí o pretendí dormir en la casa de  la prima y por ende de la tía.  No vaya Ud. A pensar lo que me estoy imaginando que está pensando, nones, solo pasé lo que restaba de la noche como huésped en la casa de mi tía.
                            No bien puse mi atormentada cabeza en almohada, pensado darle sosiego aunque sea por unos momentos,  alguien empezó a caminar y hablar consigo mismo como buscando algo. Después de algunos minutos tal vez, media hora, encontró lo que buscaba. Era un burro que se había subido a una especie de altillo que coronaba unas escaleras de piedra. La aurora se insinuaba en el horizonte y el dueño del jumento trepador insistía en su intento de hacer bajar con un griterío que despertó a todo el vecindario.
                            Tuve que suspender mi sueño y mi pereza para integrarme a la tropa de jaladores  que con  intensión de la bajar al burro que como oponiéndose a abandonar la posición elevada que había conseguido durante la noche se resistía en el segundo piso junto al horno, mientras nosotros jalábamos la hirsuta soga. Después de mucho esfuerzo el gris jumento fue bajando peldaño a peldaño tras cada estirada de reata que por ratos me hacía sospechar que se rompería. El burrito ya en el patio recibió una palmada compresiva de su amo y luego de cargarlo de la molienda se marcho dejándonos incuestionablemente despiertos.
                            Ya no teniendo ningún argumento para seguir quedándome, intente despedirme y fui compelido a desayunar por mi tía siempre generosa, que luego de un ligero ajetreo me sirvió un fuerte café con un plato de papas y huevos fritos. Qué más podía pedir luego de una jornada imprevista sino ese desayuno reparador. Luego de la despedida, con el cuerpo maltrecho y el corazón henchido de nostalgia emprendí el retorno  a Chacas  quien sabe a recibir una paliza.
                            Quería hacer este introito narrativo para a partir de él hacer notar que Acochaca, puerto del caminante sediento, siempre tuvo (tal vez  tenga todavía) personas con una característica  particular: esperar al sediento caminante con la espumosa chicha, alcanzar al  hambriento viajero un humeante choclo y al friolento anochecido ofrecerle un rincón en el patio y una manta para abrigarse. 
                            Con este modesto relato rindo homenaje a la Sra. Lucinda Vizcarra, a mis tías Berta Oliveros, Octavia Castro y otras mujeres que como ellas hicieron de Acochaca un   lugar en el que con toda seguridad no quedarías desamparado. Y rendir homenaje a la gente es rendir homenaje al pueblo que lo cobija.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

DE JOYERO A POETA

Plaza de Acochaca
En recuerdo de  la tía Elena Amez López, mujer generosa y hospitalaria.
Tras la tapia estaban los naranjos y limoneros que a pesar del muro  regaban su fragancia por el camino que los circundaba. No podríamos entrar, el muro era demasiado alto y sobre todo el miedo a que nos descubrieran robando  las jugosas naranjas nos detuvo de nuestro intento. Así que nos dirigimos al remanso  que en el frío río en esa tarde soleada, pensábamos, nos refrescaría.
Como oasis en el desierto,  cual aparición sorpresiva  ahí en medio del remanso bañabanse tres preciosas chiquillas que no entendían  su inocencia y protuberancias que recién se insinuaban detrás de unos trapos que por primera vez veíamos en el cuerpo de una mujer. El sonrojo se encendió en nuestros rostros y en el de ellas, sin embargo, más fue la emoción de ver por poco desnudas a las lindas nietas  de la dueña de la huerta que hace momentos pretendimos asaltar.
Tuma era como un “balneario” apartado del “puerto” de Acochaca. Un lugar paradisiaco lleno de huertos cuyos frutos con sus aromas y colores atractivos aguaitaban por sobre los muros como tentando a los viajeros a transgredir el séptimo mandamiento. Habían jugosas naranjas, fragantes limas, barrigones pacaes, y blandas paltas. Junto a los huertos en un  recodo del rio el agua calma invitaba también a los viajeros a darse un chapuzón en las soleadas tardes que a veces la equivocación del tiempo nos regalaba. Eran épocas de carnaval, entonces, relajados los temores y vergüenzas empezamos a jugar  arrojándonos agua lodosa de las riberas del río, o más precisamente a embadurnarnos entre sí tratando de no ser obscenos  en el contacto con  el ligero cuerpo de las chicas. Jugamos hasta muy entrada la tarde, retozando en el frígido río hasta que nuestros cuerpos entumecidos ya no resistían el agua mientras el sol se ocultaba por sobre el cerro dejándonos una vaga sensación de tristeza. 
Vestidos ya,  luego de una ligera ablución en el mismo río  en que nos habíamos embarrado nos disponíamos a retornar a Chacas; cuando una de las chiquillas nos invitó a coger los deliciosos frutos del huerto que las tapias nos habían prohibido ingresar. Sin premura, aun cuando la noche se avecinaba, empezamos a depositar las limas, naranjas y paltas por maduran en los morrales hechos de nuestras chompas, mientras la abuela complaciente observaba el virtual saqueo de su huerto. Si hubiéramos sabido que el camino más fácil al huerto era por el río y las chicas no hubiéramos perdido el tiempo intentando trepar las infranqueables tapias del huerto.
A partir de esos carnavales nuestra amistad con las chicas se aproximó y más precisamente el bicho del amor empezó a rondar y pronto a cosquillear nuestra piel. Luego, ya no sería el huerto el escenario de los juegos, sino la iglesia el escondite y el rezo el argumento perfecto para sufrir la vida junto a las chicas, y sobre todo una, quien para acallar las cuitas de mi desafortunado corazón me ponía una sortija “consuelo” cada noche en el anular izquierdo después del Ave María. Tanta era mi angustia que prácticamente me estaba convirtiendo en joyero porque me había hecho custodio de cuanta sortija me daba como rezo había y que tintineaban en mi bolsillo como proclamando mi desconsuelo. Pero el amor por ella era estacional y llegaba solo con los carnavales, pues  ella y sus primas  visitaban a su abuela del huerto y sus padres en Chacas solo en tiempos de vacaciones. Alborotando  almas y corazones partían nuevamente cuando el invierno estaba empezando a menguar. Y por ahí surgía el rumor de una carta encargada que estaba destinada a mí, en alguien que nunca llegaba a entregar y yo ensayando  contestaciones en forma de versos presurosamente hilvanados. Pasaba el invierno, pasaba la fiesta de agosto y de nuevo las sortijas y de nuevo las cartas que nunca llegaban y los versos que nadie leía.   

jueves, 25 de agosto de 2011

CHACAS FIESTA, GANANCIAS Y PÉRDIDAS.

Chacas después de la fiesta

                Todo acto humano colectivo tiende a mutar sea este por influencias externas como la moda, el mercantilismo o por la influencia de los que migran de un lugar a otro. Es natural que así sea; sin embargo, la autenticidad y calidad genuina de la práctica de nuestras tradiciones es nuestro capital, nuestra fuente de originalidad que nos permitirá atraer turistas a nuestro querido Chacas. Dentro de esa lógica de pensamiento quiero hacer una especie de balance de las ganancias y pérdidas de nuestra  fiesta patronal.

                Lo que ha ganado nuestra fiesta es en concurrencia tanto de visitantes estrictamente chacasinos como de otros amigos que por parentesco o amistad se han hecho adictos a la fiesta de “Mama Ashu” y otros pocos  por devoción. Y me parece bien porque esto genera ingresos económicos y ejerce un efecto espiral para el crecimiento del turismo.
                Otro aspecto en el que ganado nuestra fiesta es trascendencia esto gracias a la difusión a través de los medios tecnológicos y en parte a lo referido anteriormente; y obviamente a las facilidades de trasporte que en los últimos años se han mejorado y será mucho más accesible aun con la nueva vía asfaltada.
                Sin duda lo que venimos perdiendo tal vez sea más de lo que hemos ganado y eso realmente debe convocar en todos chacasinos, visitantes, autoridades un proceso de reflexión y rectificación.

                Hemos perdido en el orden. Desde la práctica misma de las festividades. Recuerdo que la fiesta siempre se festejó teniendo como marco el Rompe Calle, La víspera del día central, en día central, aniversario del colegio, la carrera a las cintas y las dos corridas de toros. Y todos estos días se festejaban teniendo en cuenta la participación de todos los niños, adultos, ancianos, cuidando el aspecto de la moral, la tranquilidad y sobre todo el recogimiento. Sin embargo se vienen introduciendo aun serie de elementos aun cuando podrían ser admisibles como efecto de la influencia de los nuevos chacasinos, por su connotación desbordante en el tiempo, el ruido y sobre todo porque desnaturalizan una festividad religiosa necesitan una regulación.
                No me parece justo ni ético que con el argumento de celebrar una fiesta religiosa patronal se exponga a los niños, incluso los adultos,  a una suerte liberalismo a ultranza donde sinónimo de diversión y devoción son la misma cosa y cualquier cosa. Creo que todos de alguna forma nos hemos excedido con creces para vivir la fiesta con “intensidad”, pero creo que, ahora con la cabeza serena debemos poner límites a ciertos desenfrenos en bien de nuestra tan cacareada tradición.
                Si modernidad significa  que un truhán le ponga la cinta robada del cordel al cuello del caballo (cinta que fue regalada con cariño al capitán por una linda chica) me quedo con la tradición. Si innovación significa que un  sujeto venga a fomentar un griterío descomunal  como un macho cabrío pretendiendo cantar hasta la madrugada sin dejar dormir a los verdaderos devotos de “Mama Ashu” me quedo con la Banda hasta una hora razonable. Si quiero gozar hasta el extremo busco que mi gozo no afecte la tranquilidad de los otros.   Chacas este año, como sugiere Raúl Reyes en un comentario a través del Facebook mas parecía un chichodromo que un fiesta a “Mama Ashu”.
               
               
               

miércoles, 24 de agosto de 2011

UNA BOTELLA DE RON EN TAYANCOCHA





Quien ama, sufre; quien sufre, lucha; quien lucha, vence.

Las secuelas de la fiesta pueden manifestarse de diversos modos tal vez con un insomnio, sueños alterados por sacudidas esporádicas (lo que en quechua llamamos “utukyay”), nostalgia por alguien,  por la lejana tierra o la Virgen “Mama Ashu”; a quienes ahora se invoca en Facebook. En tiempos idos se sufría e invocaba en secreto en una especie de comunión con el silencio y la discreción que son atributos de Dios.
Sucede, como siempre después de la fiesta, que estábamos intoxicados de alcohol, ruido y desorden y como una forma de desintoxicación cinco casi amigos planeamos desestresarnos producto del desenfreno de la fiesta. Todos residentes en Lima, excepto yo, alquilaron sus caballitos cada uno más mostrenco que el otro, pero igual  nos conducirían a los altas quebradas de Tayancocha. Cada uno llevaba  sus pertrechos en alforjas y en ellas habían viandas desde un jamón hasta una bolsitas de cancha salada; pero, eso sí estaba  prohibido cualquier tipo de licor. Claro después de tanta borrachera mostrarle algo de licor a un resaqueado de una semana de borrachera era como mostrarle la soga al ahorcado.
Cual viajeros de tiempos remotos emprendimos el  viaje pretendidamente  purificador. No hay como después de un periodo intenso de prevaricación  que disfrutar de la naturaleza, de su paz, su quietud y tranquilidad. Sin cohetes estrepitosos, sin beodos inoportunos, sin el retumbar de los bombos y las latas de las orquesta y bandas que te revientan la paciencia, la vida se configura casi la perfección.
El primer trance que tuvimos que lidiar para llegar a la bella laguna a la que mi frágil memoria nos guiaba, fue cruzar un tramo pantanoso en el que el caballo de Arturo se enfangó casi hasta desaparecer. Solo la fuerza hercúlea de nuestro paquidérmico primo Tato pudo rescatar al pobre rocín que salió del fango como un asustadizo ratón del agua. Recuperados del susto reemprendimos el viaje con destino a la laguna azul. No habría pasado media hora cuando Maricela, experta en amansar blancas cumbres; pero, obviamente no toros, se adentró entre los matorrales para hacer pis. Inmediatamente una vaca con una inusual ligereza  se le acercó, hecho frente al cual Maricela con el pantalón a medio izar corrió despavorida exclamando: “Waca, waca,….” creyendo que la vaca venía con ganas de envestir. Solo era una esmirriada vaca que buscaba salada recordando tal vez las esporádicas visitas de su dueño. El siguiente episodio me tomó como protagonista; pues en un tramo escarpado de la ruta mi caballo se encabritó y cayó de espaldas sobre un pequeño cañón que la erosión de lluvia había formado, quedando atracado pataleando mientras yo aferrado a la montura  entre piso y el caballo pedía auxilio. Nuevamente Tato en esta circunstancia fue el protagonista del salvataje.
Más arriba, como no conocíamos el camino, nos introdujimos por una senda regada de matorrales y quenuales medianos que a duras penas, agachados sobre los brutos  y rasando las ramas pudimos seguir la ruta. En ese  apuro es que la casaca de Arturo se enganchó probablemente de una zarzamora y prácticamente se desplumó expulsando por los aires las plumas de ganso de su casaca amarilla pareciendo un alboroto de gallinero.
Pasado el incidente, la laguna que mi memoria recordaba haber visto en el lugar al que llegamos no estaba. Ensayé varias explicaciones a los viajeros; pero. no pudieron convencer de que no les estaba mintiendo. Como ya iba anocheciendo tuvimos que extender la carpa diseñada para dos personas e introducirnos los cinco para evitar el frio y mitigar el cansancio. Después de instalarnos e ingiriendo una frugal cena nos dispusimos a dormir en el estrecho cobertor cada uno dentro de su bolsa de dormir. Tato sacó de su mochila, como de una caja de Pandora, una botella de Ron Cartavio y nos invitó a compartirlo; invitación al que casi al unísono nos negamos. A tanta insistencia negada se tragó sorbo a sorbo íntegramente el ron. No se imaginan lo grotesco que resulto dicha aventura de compartir con un ebrio (“umbriaco” para el gusto de amigo Uruchi) una carpa diseñada para dos y  evitar que éste fomente  un tocamiento  indebido a las damas que dormían el sueño de los justos.
Cuando amaneció, con un resaqueado a bordo, el día estaba peor que el ánimo de mala noche de todos nosotros; así que emprendimos el dulce retorno como dijera Julio César luego de derrotar al rey del Ponto: “Veni, vidi, vici”.

jueves, 4 de agosto de 2011

¡OLE, TORO!


Algunos piensan que el insulto es un argumento (claro, quién no tiene ideas insulta), que el infundio envuelto en el anonimato puede matar el valor que ellos no tienen, y que la sordidez de su espíritu puede llegar siquiera al piso, pues se equivocan, la mejor medicina para evitar esa esos espíritus malignos que rondan por ahí  como almas en pena, es la risa. Para quienes hablan agazapados en la penumbra de su rencor patológico aquí va una historia que tiene que  ver con la sinceridad de un niño, de quien deben aprender el concepto de sinceridad.
El niño emulando al padre montó el caballo y con cierto de aire de suficiencia empezó a taconear al pobre cuadrúpedo para ponerse a una distancia cercana de su progenitor. El padre con la confianza   que le daba su pretendido ejemplo de hombre de campo y domador iba sin voltear hacia su hijo, como sugiriéndole que debía afrontar las peripecias de jinete con su propio valor.    
Iban a traer el ganado de las altas punas luego de las lluvias de marzo para aprovechar los pastos después de la cosecha. El niño apenas salía de la primera infancia y tenía comprendido que debía aprender los rigores del campo y del manejo de ganado. Así que no tenía otra alternativa que seguir las pautas señaladas por el padre. Le faltaba recorrer sobre  el lomo del pobre jamelgo, al que tenía un cariño especial, unas cuatro horas hasta las alturas de Yurajyaku.  Tras del padre con su cabellera casi dorada iba emocionado de cabalgar, de ver el verde amarillo de los pastos que empezaban a secarse con el verano que se instalaba en después de las azules lluvias del invierno intenso. De ver al torito que el padre le había indicado que sería suyo. Apenas sus fuerzas podían soportar el lazo de cuero trenzado que el padre le había cruzado por el torso; pero, lo llevaba orgulloso de que la gente lo viera y sonriera a su paso.
El frío se fue intensificando cuando empezaron a trepar la zigzagueante cuesta hacia la puna mientras el sol radiante relumbraba en los lejanos picos de los cerros azulinos. El ganado iba apareciendo en el horizonte lo que acicateaba la emoción del pequeño jinete que en el lomo de la bestia iba deleitándose de su imaginación que se confundía con el campo.
Después de unas horas por fin llegaron a Yurajyaku. Desmontaron, acomodaron las cosas, aseguraron el fiambre que estaba compuesto de unas lonjas de jamón, unos panes, un tanto de cancha y botellón de chicha.  Luego se dirigieron a ubicar el ganado, el padre sabía el paraje de cada uno de ellos, aunque eran muchos, lograron ubicar a casi todos y darles la sal que era como un manjar que el ganado buscaba cuando veían un humano; así que, la tarea no fue muy dificil.
Lo difícil era ubicar al ganado arisco  que se encendía en los montes, como algunos de nuestros amigos,  para luego correr o envestir a traición. El padre sabedor de estas mañas de su ganado, los ubicaba con mucha cautela y a veces los laceaba para ir amansandolos; pero otras, las más de las veces, el ganado corría sin rumbo. Estaban en eso de ubicar un torito negro de genio renegado cuando de repente se les apareció otro toro, el barroso que embestía sin mirar a quien. El niño desesperado se escondió detrás de un leñoso quenual mientras gritaba a su padre que hiera lo mismo.  El padre no haría eso, pensaba que debía mostrar a su hijo el valor y la inteligencia para dominar al bruto, entonces reprendió  el temor del hijo. Mientras el padre cogía su lazo con la intensión de atrapar al maloso toro, el niño se desgañitaba de desesperación e impotencia frente al riesgo que corría el autor de su creación.
El toro irrumpió en el claro de entre el matorral que lo  cubría ligeramente y acometió contra el padre que rodó por el  pasto semiseco mordiendo el polvo de la derrota. El toro no contento  con eso arremetió nuevamente y nuevamente, mientras el niño con sus gritos de desesperación solo intentaba tratar de espantar al malévolo toro.
El toro cansado de revolcar al vencido laceador se alejó como quien entendiendo que había cometido una apostasía al envestir a su dueño. El niño vuelto a la tranquilidad y el silencio, como diciéndole a su padre, entre sí, pero en voz alta, solo acertó a expresar: “Toma mierda”

domingo, 17 de julio de 2011

ENCIERRO DE SAN SEBASTIÁN


En Semana Santa estuve por Tarma, la tierra del dictador Odría,  porque me dijeron que la celebración de Semana Santa era muy bonita, y en efecto Tarma es lugar muy bonito y sus festividades religiosas muy concurridas. Aun cuando no estuve toda la Semana Santa puedo decir que Chacas con la difusión adecuada tendría más acogida para los turistas que Tarma, teniendo en cuenta su diversidad, colorido y devoción, aunque esto  último se esté perdiendo. Bueno, parado en la Plaza de Tarma, entre la muchedumbre que acompañaba la procesión, con mi vela en la mano me puse a recordar con espíritu de expiación  esto que a continuación les relato.
 Cuando las tres profesoras entraron al límpido hotel casi resbalaron en piso carmín lustrado hasta la extenuación. Eran jovencitas recién egresadas del instituto y empezaban sus labores en este pueblo aparentemente acogedor y esencialmente reverente de Dios. Al dirigirse al hotel notaron un movimiento inusual  de gente que iba y venía con un aire de afectación trasladando maderos hacia la iglesia; pero, no entraron en la cuenta que se estaba celebrado la Semana Santa. Así que, sin ningún temor ingresaron al hotel y encontraron a los flamantes amigos que habían conocido y algunos otros, entre ellos un gringo extranjero. Unas risas de nerviosismo fueron el preámbulo de una conversación condimentada por la chanza y  varias botellas de cerveza ofrecidas por el robusto anfitrión. Mientras  la tarde iba declinando, por la puerta celeste del hotel ingresaron varias docenas de cerveza encubiertas en una mochila de regulares dimensiones y las muchachas cada vez más parlanchinas iban camino al delirio.
Cuando uno de los anfitriones, el más el gordo, salió al baño vio en la vereda del frente  la cabeza de un toro recientemente decapitado y no se le ocurrió mejor idea que coger la cabeza y asustar a las profesoritas. Con la cabeza de toro entre las manos, entró en la impecable sala y en actitud de toro envestidor  empezó a corretear a las inocentes y preciosas  docentes. Las profesoras en un fingido estado de pánico correteaban delante del gordo toro mientras los otros se carcajeaban hasta más no poder. Cuando terminó el encierro taurino en el pequeño patio del hotel casi inmediatamente empezaron a tañer las viejas y rajadas campanas de la única torre de la iglesia. Eran la siete de la noche y empezaba la misa de la desclavación de Nuestro Señor Jesucristo. Mientras los acongojados acólitos de la Santa Misa oraban y mentalmente se flagelaban, en el hotel el colorado anfitrión recogía la cuota para el  Ron Cartavio porque las cervezas se habían acabado.
Más tarde y a lo lejos se escuchaban los canticos afligidos de los acompañantes de la procesión del Santo Sepulcro y las luces de las velas daban la impresión de crepúsculo en el horizonte. Mientras en la sala se mezclaba las dos botellas de supuesto ron con un botellón de Pepsi Cola. En los vasos ribeteados de dorados relampagueantes, el colorado vertió la mezcla de alcohol con Pepsi Cola y los distribuyó entre la impía feligresía del hotel. 
Cuando el alcohol en la botella con etiqueta de Ron Cartavio iba ingresando en el torrente sanguíneo,  en el cuerpo del gringo empezó Eros a despertar. Después de algunos minutos, mientras el zapateo de un huaynito festivo los distrajo, lo vieron dándole un candoroso beso a una de las profesoritas sin reparo por los presentes. El anfitrión herido en su amor propio intentó perpetrar una venganza fotográfica de aquella escena donde le notificaba que la profesora a la que le había echado ojo estaba en brazos extranjeros.  El gringo; aun cuando andaba distraído en tocar las cuerdas más sensibles de la fémina en forma de violonchelo, se dio cuenta, se estremeció de furia y casi estrangula al aprendiz de “paparazzi”.
El epilogo de esa reunión impía empezó  con la fuga de las profesoras mientras uno de los anfitriones desde una especie de pedestal arrojaba una mezcla hedionda de cerveza, alcohol y bocadillos. Al día siguiente, en este pueblo donde el chisme y el raje es un deporte provincial  la noticia se difuminó como reguero de pólvora y fuegos artificiales, y las luces brillaron a la medida de su imaginación de cada qui.

lunes, 4 de julio de 2011

SON VA-LE- RO-SOS LOS IN-DIOS …


Plaza de Chacas - Edmundo Garcia Taylor, arqto.
Estando próximos a celebrar el día del maestro y considerando que el maestro aporta un ingrediente importante en nuestra formación y nuestra personalidad, y siendo yo profesor no podría dejar  por desapercibido el recuerdo de mis maestros, de nuestros maestros, que a la postre son el referente de lo que pensamos, creemos y alcanzamos en la vida. Y no podría  dejar de recordarlos sino haciendo una compilación de escenas y características generales de su imagen dentro de la escuela al que asistimos de generación en generación.
La escuela ubicada junto a la iglesia, a una cuadra de mi casa, cobijaba a un nutrido grupo de alumnos que proveníamos de la localidad y de los caseríos cercanos a Chacas. De modo tal, que la experiencia escolar nos permitía compartir alegrías, tristezas, prejuicios, temores, travesuras que son también formas de aprendizaje que luego nos permiten confrontar la vida y sus problemas.
En la escuela de ese entonces prestaban sus servicios muchos profesores que sería tarea extensa describir y hacer una semblanza de cada uno de ellos; de modo que solo me limitaré,  a través de canciones escolares u alguna otra imagen privativa de alguno de ellos, recordarlos.
Los profesores que recuerdo por las canciones, las que además pueden darnos una atisbo para especular sobre su preocupación mas inmediata o sobre su  naturaleza son: el profesor Venshi será recordado por mí por su canción “Soy esclavo del trabajo un tirano es mi patrón” que denotaba una preocupación por lo social. Al profesor Chamico no los puedo desligar del ritmo cadencioso y pausado  de la canción “Son valerosos los indios, los descendientes del Manco… ”, que pretendía afirmar en nosotros el reconocimiento de la cultura indígena. La profesora Norma Huertas en la canción que nos enseño “Alicia va en coche Carolin…”  denotaba un espíritu alegre, juguetón y amistoso.      
Así como sería imposible olvidar los pellizcos de la profesora Elba  Flores que no por gusto tenía las uñas largamente pintadas sino para imponer su autoridad. Tampoco se podría olvidar la afabilidad del profesor Alicho Bazán aun cuando había una mirada ceñuda de alguien que lo vigilaba para que no fuera así. La diligencia, iniciativa y entusiasmo de la profesora Carmen del Rio competía con el entusiasmo del profesor Mishanco que entre estridentes  carcajadas derrotaba a sus eventuales contrincantes de ajedrez. Y para concluir con este inventario sucinto de imágenes magisteriales, cómo no recordar la imagen de Cowboy del profesor Robinson que  nos contagió su afición por los caballos, la imagen dulce y contemplativa de la profesora Gladys, el buen carácter y temperamento compresivo de la profesora Maruja, que más bien  era nuestra directora.
Del colegio, donde desaparece la inocencia y la ingenuidad, nuestras imágenes son menos románticas y soñadoras. El colegio del cual teníamos la imagen de una entidad de mayor jerarquía en lo administrativo y académico era ya una realidad apenas acabamos la primaria. Aun cuando para algunos pueda que tenga yo una imagen de estudiante irreflexivo, pendenciero  y desordenado (puede que lo haya sido) en mi época de escolar tuve la suerte de que me picó el bicho de la lectura de manera patológica, pues leía todo cuanto llegara a mis manos. Además de lector obsesivo me había convertido en bibliófilo y ahí está, como prueba, mi nutrida biblioteca producto de esa afición. Pues, digo esto porque siempre buscamos, cuando estudiantes, referentes que se ajusten a nuestras aficiones y expectativas.
Tuve como maestros a dos personajes indiscutiblemente importantes para la vida de muchos chacasinos como yo, aunque algunos por necedad no quieran reconocerlo. Uno, el profesor Montoya a quien le tengo un aprecio y cariño  especial y como no a Nacho Egusquiza mi profesor de Filosofía. Además del profesor Shanti (no recuerdo su apellido) para mí son los referentes de la época colegial que intensificaron en mí la afición por la lectura y la investigación. A todos ellos  a los que he nombrado aquí, a los que no los nombré por falta de espacio y de memoria; pero, que de alguna forma intervinieron  para forjar nuestro espíritu y formación ciudadana mi homenaje, reconocimiento y aprecio. 
Nota agregada en 2015. Un recuerdo especial para mis maestros Tomas Camino, Ignacio Ostos, Giraldo.

martes, 28 de junio de 2011

LA OLA VERDE


Lo que habíamos planificado  como un viaje (viaje a la ciudad de Lima) de gestión entre el director del Colegio Amauta Atusparia, Giovani Cerda y yo se terminó con una tragedia a cuestas para mí y mi familia por la trágica muerte de mi prima Tania.  Sobre eso no quiero decir nada aun, espero escribir después, para quienes la conocieron, cuando la pesadumbre haya amainado y la serenidad me permita entender y asimilar su muerte.
Como decía al inicio, viajamos a Lima con la intensión de hacer algunas gestiones a favor de la UGEL - del cual soy eventualmente director - y del Colegio Amauta Atusparia. Y bueno,  arrancamos el viaje temerosos, pues era la primera vez que iría manejando, hasta ahora solo lo había hecho hasta Huaraz vía Punta Olímpica lo que según dicen ya es una prueba rigurosa para cualquier conductor del que se podría tener alguna duda. Y en efecto llegamos a Lima sin problemas de conducción, solamente algunos desperfectos técnicos en el vehículo nos retrasaron un tanto el viaje.
Luego de los infortunados días de estadía en Lima emprendimos el retorno que fue una experiencia de desazón indescriptible y después de lo ocurrido la cereza de la torta de mi infortunio.
Alguna vez me contó Moisés Bazán que cuando viajaba con un amigo, este de modo intempestivo hizo una maniobra para evitar un encuentro con un  custodio del orden. Ante la pregunta de porque lo hacía manifestó que al custodio le debía un sencillo por una falta vehicular anteriormente cometida. En realidad ese relato me pareció inverosímil y lo tome como un chiste pero la experiencia resulta muchas veces mucho más inverosímil.
Cargados con nuestras compras llegamos al peaje de Huacho, pagamos la tarifa de vehículo liviano y no bien anduvimos veinte metros nos detiene un custodio de orden,  solicita los documentos del vehículo y personales, nos hace una serie de observaciones y nos refiere que estaríamos incurriendo en una serie de faltas cuyas multas sobrepasan los cuatrocientos cincuenta soles. En nuestra defensa sacamos como argumento que venimos de un  pueblito de la sierra y que no estamos muy enterados de la ultima reglamentación de transito. Frente a ello el custodio literalmente nos dice “lo dejo a tu criterio profe” y nuestro criterio fue tres nuevos soles.
Llegamos Cajacay y un joven uniformado nos detiene para solicitarnos lo mismo; papeles. Pero vaya sorpresa nos despide con una pregunta de dónde somos, luego de nuestra respuesta nos despide con buen augurio. Pero inmediatamente notamos que hace una llamada a través de su celular. Continuamos nuestro viaje y nuevamente nos detienen esta ves un resguardo conformado por dos obviamente dateados por el anterior control. Papeles nuevamente y nuevamente una lista de faltas y la amenaza de multa por sobre los cuatrocientos soles. No nos queda otra que suplicar, luego del tire y afloje concordamos en una galón que traducidos en billete son 10 nuevos soles.
En la noche después del velorio camino a casa otra detención, nuevamente papeles, amenaza de multa, suplica y desembolso.
Para concluir esta nota quiero compartir con  ustedes el ingenio popular para denominar las malas prácticas de quienes la sociedad les ha encargado el orden en tránsito de vehículos que te caen como una ola verde para abusar de su cargo hurgando lo inimaginable con tal de “recursearse”, ahí van: “Tragamonedas”, “Peaje móvil”, “Salserín, de Sol a Sol”, “Control de Billeteras”, etc., etc.

lunes, 20 de junio de 2011

CAMIONEROS DEL HIELO DESCUBRIENDO CHACAS


Cuando nos estábamos preparando para la fiesta de agosto, inesperadamente nos llegó una fiesta  con corridas de toros, bailarines, almuerzo, fuegos artificiales y, cómo no, harta cerveza. Como para no creerlo, se reunió casi la misma cantidad de gente que en la verdadera fiesta de agosto. Cualquiera pudiera creer que a los chacasinos nos encanta la fiesta, o que la Virgen “Mama Ashu” quiso una chiquita, nada de eso. La fiestita, como les adelanté, la auspicio (supongo que el terminó es correcto) Discovery Chanel.
Una semana antes el alcalde convocó a una reunión para informarnos que vendría un equipo de Discovery Chanel a hacer un documental sobre la fiesta. Cuando lo escuché me pareció no muy creíble, no me resultaba muy razonable que filmaran la fiesta en junio. Pero nos habló que habría Corridas de Toros, Banda de Músicos,  Fuegos Artificiales todo pagado por Discovery Chanel. Así que si el gasto estaba hecho había que disponer el cuerpo para el festejo y que venga no más Discovery, History y cuanto canal se le ocurriera venir.
Y en efecto, días previos al martes 14 fueron apareciendo gringos robustos y locos manejando inmensos camiones bolivianos, acompañados de camarógrafos trepados  sobre camionetas que cámara en mano filmaban sus locuras gringas.   
La historia fílmica será contada el mes de noviembre a través de History Chanel y el programa Camioneros del Hielo. Y la historia es la siguiente: Camioneros del Hielo (intrépidos camioneros que recorren caminos abruptos por todo el mundo) conducen una carga por las serranías de Ancash y se encuentran con una fiesta patronal, la de Chacas obviamente.
Bueno, la fiesta empezó con mucho entusiasmo y participación de los pobladores, alumnos y autoridades. Hubo muchos bailarines como Huanquillas, Antirunas, Patza Caballus y otros. Mientras calentábamos la mañana con los amigos visitantes de Lima (mismo agosto) y compartíamos un almuerzo, los gringos hacían sus filmaciones a sus anchas. Ya en la tarde al compás de la banda de músicos empezaba la Corrida de Toros con la entrada  triunfal del capitán de Toros, que era nada menos que el barbado y joven alcalde, saludando a los pobladores apostados en los balcones de cuyo seno llovían como reguero: chorros de cerveza y caramelos mientras la muchachada se arremolinaba para recogerlos por entre las piernas del gentío que apretujado y danzando en filas   acompañando al ficticio capitán.
En la  noche, luego de la corrida de toros, dicen que se encendió el castillo suceso al que no pude asistir por efectos de la nociva  moda que ha aparecido en Chacas de beber la Cerveza Pilsen en botella verde que tiene hasta prebostes venidos de Lima.
Y así terminó este ensayo de la fiesta que hemos tenido como para que en agosto no falle nada.
Un poco ya en serio, me parece inmejorable nuestra suerte para publicitar nuestro producto: CHACAS como destino turístico, el que nos otorga este documental que se verá en todo el mundo a través History Chanel.
                  FOTOS DE HORAS ANTES DE LA CORRIDA