martes, 10 de febrero de 2026

Elecciones o el Premio Mayor: ¿elegimos con criterio o tratamos el poder como botín?

 



Asunción no es un experimento ni un escenario para improvisaciones políticas. Tras décadas de vida institucional, la provincia de Asunción ha acumulado suficiente experiencia —y también suficientes frustraciones— como para saber que no todo el que postula merece gobernar. Sin embargo, seguimos repitiendo el mismo error: confundir el derecho a ser candidato con la capacidad real para ejercer el cargo de alcalde.

La ley permite que cualquier ciudadano cumpla requisitos mínimos y postule. Eso es correcto y democrático. Pero la ley no evalúa mérito, ética, capacidad de gestión ni madurez política, y ahí comienza el verdadero problema. En Asunción, esta ausencia de filtros ha dado paso a candidaturas sostenidas más por aplausos fáciles que por propuestas serias, y, en no pocos casos, por intereses de lucro personal antes que por una auténtica vocación de servicio.

Aquí se manifiesta con claridad el efecto Dunning-Kruger, conocido popularmente como el “síndrome del cuñado”: personas con escaso conocimiento o experiencia que sobreestiman sus capacidades, creen tener siempre la razón y no reconocen sus propias limitaciones. En política local, este sesgo se vuelve especialmente peligroso cuando se combina con soberbia, improvisación y la falsa idea de que gobernar es sencillo.

En este contexto aparece una práctica que debe ser nombrada sin eufemismos: el “diezmo”. Esta lógica perversa concibe el cargo público como un negocio, donde se exigen o esperan retornos económicos, favores o porcentajes a cambio de contratos, puestos, obras o decisiones municipales. Quien postula pensando en el diezmo no busca servir, busca recuperar una inversión. Y quien gobierna con esa mentalidad convierte a la municipalidad en un botín, no en una institución al servicio del pueblo.

Gobernar Asunción no es hablar más fuerte ni prometer más. Es, ante todo, saber escuchar. Escuchar a los técnicos, a los profesionales, a las comunidades, a los jóvenes, a los adultos mayores y a quienes piensan distinto. Quien no sabe escuchar, no sabe gobernar, porque la gestión pública no es un monólogo ni un espacio para la soberbia.

Sin embargo, se ha normalizado una política del gesto superficial. Hacer tomar bebidas alcohólicas a la gente, repartir chocolate con un pedazo de panetón, o aparecer en festivales deportivos y actividades recreativas se presenta como cercanía y compromiso social. Pero esas prácticas no demuestran capacidad de gestión ni honestidad; solo funcionan como cortinas de humo para evitar el debate serio sobre propuestas, impuestos, prioridades y rendición de cuentas.

Más grave aún es cuando esta forma de hacer política ignora o instrumentaliza nuestra heredad cultural. Asunción no es solo una jurisdicción administrativa: es historia, identidad, tradiciones, arquitectura, saberes y valores transmitidos por generaciones. Respetar y defender nuestra herencia cultural no es un adorno discursivo, es una obligación moral y política.

Por ello, aunque todos tenemos derecho a ser candidatos, solo debe ser elegido quien realmente lo merezca. El derecho a postular es universal; el derecho a gobernar se gana con preparación, conducta ética, capacidad demostrada, vocación de servicio, disposición real al diálogo y un compromiso firme con la transparencia y la equidad.

La responsabilidad no recae únicamente en quienes postulan creyendo que gobernar es cuestión de popularidad o beneficio personal, sino también en quienes los impulsan, los financian o los protegen, y en una ciudadanía que debe elevar su nivel de exigencia. Asunción no necesita autoridades que busquen aplausos, diezmos o privilegios; necesita líderes que escuchen, rindan cuentas y gobiernen con justicia, honestidad y visión de futuro.

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