La ley
permite que cualquier ciudadano cumpla requisitos mínimos y postule. Eso es
correcto y democrático. Pero la ley no evalúa mérito, ética, capacidad de
gestión ni madurez política, y ahí comienza el verdadero problema. En Asunción,
esta ausencia de filtros ha dado paso a candidaturas sostenidas más por
aplausos fáciles que por propuestas serias, y, en no pocos casos, por intereses
de lucro personal antes que por una auténtica vocación de servicio.
Aquí se
manifiesta con claridad el efecto Dunning-Kruger, conocido popularmente como el
“síndrome del cuñado”: personas con escaso conocimiento o experiencia que
sobreestiman sus capacidades, creen tener siempre la razón y no reconocen sus
propias limitaciones. En política local, este sesgo se vuelve especialmente
peligroso cuando se combina con soberbia, improvisación y la falsa idea de que
gobernar es sencillo.
En este
contexto aparece una práctica que debe ser nombrada sin eufemismos: el
“diezmo”. Esta lógica perversa concibe el cargo público como un negocio, donde
se exigen o esperan retornos económicos, favores o porcentajes a cambio de
contratos, puestos, obras o decisiones municipales. Quien postula pensando en
el diezmo no busca servir, busca recuperar una inversión. Y quien gobierna con
esa mentalidad convierte a la municipalidad en un botín, no en una institución
al servicio del pueblo.
Gobernar Asunción
no es hablar más fuerte ni prometer más. Es, ante todo, saber escuchar.
Escuchar a los técnicos, a los profesionales, a las comunidades, a los jóvenes,
a los adultos mayores y a quienes piensan distinto. Quien no sabe escuchar, no
sabe gobernar, porque la gestión pública no es un monólogo ni un espacio para
la soberbia.
Sin embargo,
se ha normalizado una política del gesto superficial. Hacer tomar bebidas
alcohólicas a la gente, repartir chocolate con un pedazo de panetón, o aparecer
en festivales deportivos y actividades recreativas se presenta como cercanía y
compromiso social. Pero esas prácticas no demuestran capacidad de gestión ni
honestidad; solo funcionan como cortinas de humo para evitar el debate serio sobre
propuestas, impuestos, prioridades y rendición de cuentas.
Más grave aún
es cuando esta forma de hacer política ignora o instrumentaliza nuestra heredad
cultural. Asunción no es solo una jurisdicción administrativa: es historia,
identidad, tradiciones, arquitectura, saberes y valores transmitidos por
generaciones. Respetar y defender nuestra herencia cultural no es un adorno
discursivo, es una obligación moral y política.
Por ello,
aunque todos tenemos derecho a ser candidatos, solo debe ser elegido quien realmente
lo merezca. El derecho a postular es universal; el derecho a gobernar se gana
con preparación, conducta ética, capacidad demostrada, vocación de servicio,
disposición real al diálogo y un compromiso firme con la transparencia y la
equidad.
La responsabilidad
no recae únicamente en quienes postulan creyendo que gobernar es cuestión de
popularidad o beneficio personal, sino también en quienes los impulsan, los
financian o los protegen, y en una ciudadanía que debe elevar su nivel de
exigencia. Asunción no necesita autoridades que busquen aplausos, diezmos o
privilegios; necesita líderes que escuchen, rindan cuentas y gobiernen con
justicia, honestidad y visión de futuro.