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| Pomallucay, septiembre 25 |
Un mediodía soleado, un enjuto cuerpo bajaba por la ligera pendiente que los chacasinos llamamos “Mamita Jamanán” (donde la Virgen descansó). Era el Flaco que volvía a Acochaca luego de dominguear. Iba como cuidándose del viento que amenazaba elevar por los aires su ligero cuerpo, presuroso después de haberse encontrado con la divina ensoñación de su vida. Aún en sus labios sentía el sabor anodino y grasoso de la pintura de labios que la muchacha estaba aprendiendo a usar para encandilarlo. Aun cuando la muchacha había sido el primer amor de casi todos, él llevaba en el pecho la enseña del amor correspondido, y sus pies, con su ligereza, traducían su alegría.
El camino de Chacas a Acochaca cada domingo era como el día en que Jesús se perdió junto a sus padres cuando retornaba después de la Pascua. El camino, colmado de caminantes, era una especie de caravana de nómades que bajaban comentando los sucesos del día, el sermón del cura y nimiedades por doquier. Claro, aún no existían las combis; la gaseosa y la cerveza eran un lujo, y las polladas aún no habían sido inventadas. Así que la gente tenía que resignarse a caminar, refrescarse con un potito de chicha y paliar el hambre con una “medida” de chocho.
El Flaco iba con un puñado de chocho en el estómago que incrementaba su sensación de vacío, y con un hambre que pensaba saciar apenas pudiera llegar a casa, que siempre le daba la bienvenida con la fragancia de los naranjos del huerto. Cuando pasó Chucpín, el camino se le hizo más pesado, pues las partes planas del sendero dan la impresión de que el trayecto se hiciera más largo. Por fin se acercaba al último tramo para aguaitar Upacasha, y no bien coronó la cumbrecita que lo ocultaba cuando vio a la Gringa en la puerta de su casa. Le dio la impresión de que lo esperaba y, por eso, empezó a hacer más lentos sus pasos, con la esperanza de que se introdujera en su casa. Pero la Gringa permaneció inmóvil en la puerta hasta que llegó.
La Gringa era la única gringa que existía en estos lares, y de veras que era gringa. Tenía los cabellos rubios y, junto con su restaurante “La Flor de Chacas”, fue la novedad por un largo tiempo en Chacas. La instalación de su restaurante, como ella dice aún, arruinó el negocio de los restaurantes más prestigiados de esos tiempos. El pomo de agua oxigenada había hecho lo que los genes le habían negado. Con su cabello rubio y el rostro que ocultaba su verdadero color detrás de los polvos, caminaba con donaire por las calles de Chacas, mientras la población mojigata siseaba sus críticas y remilgos a media puerta.
El Flaco tuvo que llegar inexcusablemente a la puerta donde la Gringa lo esperaba y, casi como exhalando su último aliento, le saludó:
—Buenas tardes, señora.
La Gringa, muy amable, le correspondió el saludo:
—Buenas tardes, joven Rosario. Joven Rosario, pase a tomar un chilcano.
El temor del Flaco se transformó en regocijo. Pasó al vetusto comedor, cuyas paredes desconchadas daban la impresión de que se desplomarían en cualquier instante. La mesa, cubierta con un plástico floreado donde se colocó, era un hormiguero de moscas; pero igual esperó con paciencia el chilcano en ese restaurante emblemático de las afueras del puerto.
La Gringa, en la cocina, abrió una lata de sardinas “Carabela” y la vertió en la sopa de “Ancay”* que hervía en el fogón. Revolviendo el “atún” en la sopa, lo sirvió en un plato y, humeante, se lo ofreció al joven romanticón que cortejaba a su hija. El Flaco, agradeciendo la gentileza de la virtual suegra, tuvo que engullirse sorbo a sorbo esa sopa marina bajo la férrea vigilancia de la Gringa, su suegra.
