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Foto: Rogger Cabeza |
"El
viento es viejo, pero aún sopla".
Después de leer
y ver todas las expresiones de recuerdo y cariño hacia el padre Ugo, casi
siempre acompañada de una foto, me doy cuenta que debo ser uno de los pocos que
no tengo una foto con él para ostentarla en el Facebook. De hecho, esta
circunstancia por un instante me hizo sentir un poco huérfano. Y hoy, después
de esperar que la tristeza y sobre todo la nostalgia que me (nos) envolvió amainara, y
haciendo coincidir, a propósito, mi lectura de la “Civilización del
espectáculo” de Mario Vargas Llosa quiero rendirle tributo a un hombre que
prácticamente cambió la vida de Chacas y de muchos otros pueblos de nuestro
país y obviamente de sus habitantes.
Con sinceridad
pensé que el Padre era inmortal, físicamente claro; pero se nos murió; y de las
tantas cosas que admiramos de él debemos admirar también su sutileza para
acostumbrarnos a su ausencia, cuando por razones de salud se asentó en la
ciudad de Lima.
Esta nota es un
discurrir en el pretérito para básicamente desempolvar de mi memoria los
momentos, pocos sin duda, que tuve el privilegio de estar junto al Padre.
En ese
entonces, cuando la llegada del Padre, Chacas era un pueblo casi sin
habitantes; se sentía en sus calles
desolación que solo a veces era interrumpida por el aleteo de los
pájaros que huian cuando eran asustados
por algun transeunte mientras comían los restos descuidados de entre las
piedras de la calle. Casi todos nos habían abandonado para irse a Lima, a
buscar mejores oportunidades de vida. Si un día veías a alguien en la calle
sentías que por un momento fugaz el pueblo recobraba vida, espíritu y
movimiento. El tiempo permanecía imperturbable
mientras los pocos niños que quedábamos, sobre todo durante las
vacaciones, perdíamos el tiempo lanzando proyectiles a los pájaros con hondas o
hurtar las agrias manzanas de alguna hurta ajena en nuestro afán de
divertimiento.
La primera
imagen que mi memoria evoca del Padre es de una tarde, de esas en las que los
rayos del sol penetraban con ímpetu a través de la claraboya circular
estallando su luz en la pared de la iglesia, mientras en las quejumbrosas bancas
un grupo de niños leíamos con avidez las historias misteriosas, como la de
Nicodemo conversando con Jesús, bajo la aguda mirada del Padre, en las inmensas
hojas cuché del libro que el mismo nos había regalado para catequizarnos. Era
un libro grande a colores que de manera gráfica y elocuente a través de
imágenes reseñadas contaba la vida de Cristo, que al mismo tiempo que nos
introducía en la doctrina cristiana nos iniciaba también en la comprensión
lectora y la narrativa, y que posteriormente me indujo a leer íntegramente la
Biblia. De esas historias que leíamos, luego teníamos que escenificar de manera
colectiva y con sentido creativo las historias de Lázaro resucitando, Pedro
abandonado en su barca de pesca, El Samaritano ayudando al judío asaltado entre
otras maravillosas historias. Todas esas actividades eran parte de un concurso
por el que accedíamos a premios.
En la infancia
se registra imperecedero el gesto que alguien te regale algo, y un juguete es
algo inapreciable para un infante. El primer regalo que recibí de una persona
que no fueran mis padres cuando niño fue un carrito Volkswagen de plástico azul
de la profesora Paulina, el resto de mi infancia casi tuve que jugar con los
juguetes de mis primos o con los juguetes que los niños construíamos con mucha
imaginación dentro de la escasez de esos tiempos. La segunda persona que me
regaló un juguete fue el padre Ugo y fue una pelota Viniball por haber ganado
el concurso de la catequesis que luego llegó a llamarse Oratorio. Para mi mala
suerte esa pelota, en poco tiempo, delante de mis incrédulos ojos se fue
desinflando en el afilado extremo de un vidrio que ostentaba el muro del patio
de la escuela a modo de barrera de seguridad.
Un día mientras
formábamos en el patio polvoriento de la vieja escuela nos llegó el rumor de
que varios de nuestros compañeros dejarían la escuela para irse a estudiar a un
taller de tallados que el padre Ugo; quien acababa de llegar para hacerse cargo
de la iglesia de Chacas junto a dos otros italianos, la madre Flavia y la Madre
Antonela; había establecido. Para el taller había traído además a un cuzqueño
que enseñaría el arte de tallar la madera. Muchos sentimos un poco de envidia
que no nos hubieran escogido para el taller, pero al enterarnos que la cosa era
con internado, sentimos cierto consuelo.
Luego, se
produjo un alejamiento de los jóvenes de mi entorno de las actividades de la
parroquia; quien sabe porque la edad te imbuye otras preocupaciones u otras
motivaciones que mi recuerdo no alcanza identificar. Salvo, el asistir a los
rezos para ver las filminas referidas a la fiesta de agosto o participar en las
recepciones apoteósicas que el pueblo ofrecía al padre Ugo después de sus
periódicos viajes a Italia, nuestra participación era distante.
Después de
algunos años de alejamiento, como en la parábola del hijo pródigo, que tantas
veces habíamos leído y escenificado, volví a la casa del Padre, en el ejercicio
de la profesión docente y participando en un grupo denominado “El grupo de
papas” – que era un grupo de apoyo a la labor de extensión comunal del programa
de cultivo de papas que tenía la parroquia para los campesinos y cuyo único
requisito para acceder al programa era la implementacion de la minca como
sistema de trabajo colaborativo- tuve la oportunidad de conversar con el padre.
Y en algunas oportunidades como participes de los retiros espirituales que
dirigía de cuando en cuando. En una
ocasión, en Yauya, recuerdo que prácticamente me dejó inerme cuando quise
justificar mi pretendida fe católica con los argumentos extraídos de los
cuentos de Borges. Pagué mi inexperiencia en asuntos de fe con un ejercicio de
penitencia desplazándome de rodillas desde la rampa que da acceso a la puerta
de la iglesia de Yauya hasta el improvisado confesionario de la iglesia,
itinerario que pareció el más largo de mi vida.
La última vez
que lo vi fue en el velorio de Coñi en Cieneguilla; cuando me acerqué, me tomó
de las manos con sus manos de algodón y me miró escrutadoramente con una
ternura indecible para luego preguntarme cómo estaba; no estoy seguro si
reconoció al monaguillo que no llegó a ser.
Recuerdo el día
que le dieron la nacionalidad peruana, lloró; me conmovió de tal forma que
comprendí, que solo ese amor por esta tierra y su gente pudo que este hombre
hiciera tanto para cambiar de pueblo fantasma a un pueblo industrioso con
posibilidades inmensas de conseguir su desarrollo y prosperidad como lo es
ahora. En Chacas, hay una idea muy difundida que la llegada del padre fue un
milagro, es posible que así sea. Lo que sí es un prodigio es que la misión del
padre Ugo haya crecido tanto y haya sacado de la pobreza a tanta gente. Como
también es un prodigio que lo que el estado con tanto dinero no haya podido,
el padre Ugo haya podido solo con la ayuda de los voluntarios de la OMG, a pesar de sus mártires y caídos.
Finalmente, lo
que descorazona sí, es sospechar que su preocupación más grande, aquella de
forjar una cultura alejada de lo que Mario Vargas Llosa llama la civilización
del espectáculo, que no es sino la cultura del consumismo, el divertimiento
fácil, la ostentación y el libertinaje sin límites sigue ahí inmune; incluso me
temo, que esa cultura que tanto reprochó y con tanta angustia se ha entronizado
en el pueblo que ayudó a sacar de la anonimia en la estaba sumergido para el mundo.
Por ello, la
única forma de rendir homenaje y recordar con coherencia al padre Ugo, como
dijo uno de sus discípulos más encumbrados, es siguiendo su ejemplo, las otras
formas no serán sino episodios banales o cuando no, fariseísmo puro.