Hace
poco, en una tarde soleada en la Plaza de Chacas, tuve ocasión de encontrarme con
un viejo amigo a quien no conocía; sin embargo, tenía la certeza que nos unía una viaja amistad cultivada a través de la distancia y el tiempo, y
sobre todo el afán de querer a Chacas. Se trata de don Manuel Cunza García, un apasionado
enamorado de Chacas. Él visitaba Chacas después de una prolongada ausencia, y
de sus ojos aguaitaban unas lágrimas reprimidas cada vez que hablaba de Chacas,
de su historia y sus protagonistas. Y cada vez, que yo llevaba el vaso de
cerveza a mi boca ideaba y estimulaba mis ganas de recoger nuevamente el lápiz para
darle forma a esta historia que escuché
ya algunos años. De modo tal que esta nota es un homenaje a mi querido amigo
don Manuel Cunza García, un preclaro chacasino
que ha decido retirarse a sus cuarteles de invierno allá en las frías tierras de
Patterson.
Cuando las
campanas empezaron a balancearse mientras tañían en las altas torres de la
iglesia el conductor del bus Perú Andino
se afanaba en estacionar el
vehículo al costado del viejo ciprés, el más alto, que frondoso verdeaba a la
vera de la plaza de Armas. La puerta del inmenso monstruo rodante se abrió con
una parsimonia insólita para los curiosos que se reunieron formando un
semicírculo al costado de él y de sus entrañas empezó a despedir a los
somnolientos y desgreñados pasajeros que bajaban lerdos buscando al pariente
que previamente había sido notificado vía telegrama para recogerlo y ayudar con
la pesada carga de ropa y otros trastos.
Eran los días
previos a la fiesta de agosto, fiesta grande en Chacas, en la que los
chacasinos de toda laya y de todos los confines del mundo retornaban a la fría
y por momentos desolada tierra que los viera nacer. Era una oportunidad para reencontrarse
con el hermano, con el primo o el hijo que distante vivía por extravíos del destino, que en el fragor de la vida nos depara Dios. Llegaban
los paisanos con el rostro empalidecido porque el ausente sol en el cielo no había regalado sus
rayos a la piel de aquellos en la lejana Lima de sueños y esperanzas. Llegaban
algunos un dejo y léxico transfigurado e
ininteligible, producto de sus andanzas
en tierras extrañas, para nuestra pobre imaginación de pueblerinos. Como la de aquella
joven que bajando del ómnibus con la
maleta sobre los hombros frente a un tropezón exclamó: “ Ay, casi me torso la pie”.
Esa
tarde el joven albañil Rolando subía por
medio de la plaza con destino a la “Carretera”
con un badilejo y una vieja lata entre las manos para probablemente emperifollar
con yeso alguna antigua casa frente a la
inminencia de alguna visita familiar. Curioso como siempre no puede evitar la tentación
de escrutar con una mirada furtiva a quienes
bajaban del bus. Justo en ese instante que atisbó por entre la cabeza reunida
de la gente pudo ver que bajaban por la estrecha
puerta del bus dos personas que rayaban entre la juventud y la adultez. Inmediatamente
el ladino albañil reconoció ataviados con elegantes ternos, a los hermanos
Cunza, más conocidos como los Wuaywash que antiguamente vivían
justo por la ruta por donde él iba. Se retiró estratégicamente antes de ser
visto por los hermanos y continuó con su camino hacia la “Carretera”.
Justo
cuando don Rolando, el joven albañil, pasaba por la altura de la casa de los
hermanos Waywash que acaban de arribar;
vio a la vecina de ellos, doña Chawita, que barría ágil la calle para
posteriormente tender el trigo para el pan en una vieja jerga (manta de bayeta).
Habían los astros preparado la circunstancia precisa y oportuna para prepararle
la más cordial bienvenida a los hermanos Cunza.
“Buenas
tardes doña Chawi, tantantzickpacu triguta majacaramunki”; expresó
don Rolando a modo de saludo dirigiéndose a la vieja señora. “Aucha ari, imatara sino micumushwan
fiesta kinraycho”. “Cushicomi doña Chawi. Au doña Chawi naga pasar ishcay pogusha washwuashcunata
wajikiman yancojta rikaro, jacayquicunatata goskatziamunman”. “Huajau tzaita
nicallamaytzu, canan oram latanhuan asiaj wuayshacunataga mantzacatzimusha”.
E inmediatamente ingresó a su casa hurgó entre los trastos viejos, encontrando una
oxidada lata de envase de manteca salió a la calle con la finalidad de espantar
a las comadrejas que según el albañil habían ingresado a su casa. Empezó a golpearlas
con un mazo generando un alboroto por toda la vecindad. Mientras por la
bocacalle que daba al barrio la “carretera” los hermanos Cunza ingresaba con
sus pesadas maletas al compás de los golpes de la lata que doña Chawi, su
vecina, golpeaba a modo de sorpresiva y entusiasta bienvenida preparada por el ladino
albañil.
En
Chacas y en otras zonas de la sierra había la costumbre espantar a la comadreja,
(wuaywash), mamífero carnívor, una plaga
para los cuyes, golpeando latas y otros objetos que generaban mucho ruido.
*“Buenas tardes Doña Chawi, tantantzickpacu triguta majacaramunki” – Buenas Tardes señora Chawita, está haciendo secar
**“Aucha ari,
imatara sino micumushwan fiesta kinraycho”.- Siu pues, si no que comeriamos en
tiempos de la fiesta.
***“Cushicomi
doña Chawi, au doña Chawi naga pasar ishcay pofgusha washwashcunata wajikiman
yancujta ricaron jacayquicunata goskatziamunman”. - Me alegro señora, aproposito hace poco he visto entrar a su casa a dos
comadrejas grades no se vayan a comer sus cuyes.
****“Huajau
tzaita nicallamaytzu, canan oram latanwan wuayshacunataga mantzacatzimusha”.
- Uy, eso ni me dig, ahora mismo las espanto a esas malditas
comadrejas.