Hace poco de manera casual me encontré con dos hojas dobladas tiradas en el piso en una calle camino a mi casa, la curiosidad me ganó y las levante. Eran hojas manuscritas a lápiz con trazos de letra antigua que configuraban un cuento. De hecho, como es evidente, no resistí la tentación de compartirla con ustedes.
El Ingeniero de Papel
En las alturas de la sierra, donde los nevados observan con paciencia y las campanas resuenan en la plaza, estaba el pueblo de Chacas. Sus calles eran antiguas pero firmes, como la memoria de su gente. Durante años, sus alcaldes fueron, en su mayoría, profesores: maestros que, con más tiza que dinero, habían trazado el camino del progreso.
Pero un día llegó Don Concreto, un ingeniero de mirada severa y palabras calculadas. Se presentó con un casco brillante y un título enmarcado más grande que su escritorio. Apenas tomó el mando, lo dejó claro:
—¡Se acabó la era de los profesores! ¡Ahora gobierna la inteligencia, la técnica, la modernidad!
Desdeñaba las viejas aulas, los libros polvorientos y hasta las pizarras donde se había escrito la historia de Chacas.
—¿Para qué enseñar a leer, si yo puedo diseñar el futuro con planos y cálculos? —decía, inflando el pecho.
Su primera gran obra fue derribar la vieja escuela, esa que tantos alcaldes-maestros habían defendido. En su lugar, prometió levantar un edificio “de última generación”. Pero en lugar de cemento, usó discursos. En lugar de vigas, arrogancia. Y en lugar de planos, promesas dibujadas en servilletas.
—¡Después de mí, no habrá mejor alcalde! —gritaba desde el balcón municipal, mientras los albañiles esperaban materiales que nunca llegaban.
Pasaron los meses y el pueblo miraba con expectativa su gran obra. Pero lo único que crecía era un cerro de papeles: estudios de preinversión, licitaciones fallidas, planos incomprensibles.
Hasta que un día, una gran ventisca barrió Chacas. El pueblo resistió, sus casas antiguas aguantaron, pero la “obra” de Don Concreto… salió volando. Resultó que su gran edificio no era más que un montón de papeles apilados y atados con burocracia.
La gente rió. Los niños recogieron los planos esparcidos por la plaza y los usaron para hacer avioncitos. Los viejos maestros, a quienes él tanto había despreciado, volvieron a abrir una escuelita improvisada en la iglesia.
Y Don Concreto, con su casco reluciente pero sin más que ofrecer, salió de Chacas tan rápido como había llegado.
Desde entonces, cada vez que un político prometía demasiado sin construir nada, el pueblo decía con sorna:
—Ojalá no sea otro ingeniero de papel.